
Tras la victoria en el debut mundialista ante Croacia, la selección de Inglaterra regaló una postal que ya es historia del torneo: el plantel y miles de hinchas coreando el clásico de Oasis en Dallas. Aunque el britpop y la cumbia villera parezcan mundos opuestos, este fenómeno tiene un claro equivalente sudamericano.
La imagen dio la vuelta al mundo en cuestión de minutos. El árbitro pitó el final del 4 a 2 frente a Croacia y, lejos de encarar para las duchas, los jugadores ingleses se quedaron en el césped del estadio en Dallas. De fondo, empezó a sonar “Wonderwall” y tanto jugadores como hinchas estallaron de emoción.
Esa escena tan emotiva, posee una familiaridad y una identificación con el disfrute del hincha futbolero de todo el mundo.
Es que, salvando las distancias musicales y geográficas, el hit compuesto por Noel Gallagher en 1995 para los ingleses termina cumpliendo exactamente la misma función ritual que “La cumbia de los trapos” de Yerba Brava para la Selección Argentina en Qatar 2022.
A simple vista, el britpop melancólico y la cumbia villera de principios de los 2000 no comparten ADN. Sin embargo, ambos temas lograron trascender la industria para convertirse en himnos definitivos del fútbol gracias a un factor clave: el origen obrero.
Tanto Oasis, gestada en la industrial y grisácea Mánchester, como Yerba Brava, nacida en la popular zona de San Fernando, representan la cultura de la clase trabajadora. Sus canciones no fueron impuestas por campañas de marketing oficiales, sino que fueron adoptadas de forma orgánica por el hincha.
Además, logran romper la barrera que existe entre la cancha y la tribuna. Cuando figuras mundiales como Jude Bellingham cantan a los gritos el hit de Oasis, o cuando la Selección Argentina estalla de euforia en Qatar con la electrizante intro de Yerba Brava con Messi y Di María alzando los brazos, las personas que llevan su nombre encima del número, los multimillonarios atletas de este tan amado deporte vuelven a sentirse en la piel del hincha.
Donde ambos fenómenos se separan es en la forma de ejecutar el ritual, funcionando como un reflejo perfecto de la idiosincrasia de cada cultura:
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El tono del festejo: Inglaterra utiliza “Wonderwall” para generar un ambiente casi religioso. El estadio lo canta a capela y abrazado, buscando un canto de comunión y esperanza frente al peso histórico de sus frustraciones mundialistas. Argentina, por el contrario, usa “La cumbia de los trapos” para desatar el carnaval: exige saltos, revoleo de indumentaria y un descontrol eufórico.
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El mensaje: Resulta curioso que el himno inglés no tenga absolutamente ninguna relación con la pelota (es una dedicatoria a un salvador emocional), mientras que el track de Yerba Brava es una crónica explícita del folclore futbolero (“Se viene el fin de semana, todo’ a la cancha vamo’ a ir, ya está todo preparado, el bombo y el banderín”).
Mientras los ingleses buscan en la acústica de Oasis un bálsamo de unión épica, los argentinos se encuentran en el teclado y el güiro, el aguante y el barrio. Distintos ritmos, diferente poética, pero la misma magia
A pesar de lo antes mencionado, hay algo que no hay que olvidarse nunca: “el que no salta es un Inglés”.
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