
La selección de Austria llega al duelo ante Argentina con una rica tradición futbolística. Y aunque nunca pudo levantar la Copa del Mundo, hubo una generación que estuvo muy cerca de hacerlo. Fue la legendaria “Wunderteam”, considerada por muchos especialistas como el mejor equipo del planeta a comienzos de la década del 30.
Conducidos por el entrenador Hugo Meisl y liderados dentro de la cancha por Matthias Sindelar, apodado “El Mozart del fútbol”, los austríacos revolucionaron el juego con un estilo ofensivo, técnico y de posesión que maravilló a toda Europa. Entre 1931 y 1934 perdieron apenas dos partidos y llegaron al Mundial de Italia como grandes favoritos.
Pero el escenario no era el más neutral. El certamen se disputó en la Italia fascista de Benito Mussolini, quien entendía al deporte como una formidable herramienta de propaganda política. El dictador siguió de cerca cada detalle de la organización y convirtió al torneo en una vidriera del régimen.
Austria avanzó hasta las semifinales y el 3 de junio de 1934 se cruzó justamente con el anfitrión, en Milán. El partido terminó 1 a 0 para Italia, gracias a un gol de Enrique Guaita, aunque la conquista estuvo rodeada de polémica: los austríacos reclamaron una clara infracción sobre su arquero, pero el árbitro sueco Ivan Eklind convalidó el tanto. Las sospechas sobre las presiones del régimen fascista sobre los jueces acompañaron al torneo desde entonces.
Aquel Mundial quedó para siempre bajo una sombra de sospecha. Diversas investigaciones históricas sostienen que Mussolini intervino para favorecer el camino de Italia hacia el título, ya sea mediante designaciones arbitrales cuestionadas o presiones indirectas sobre los protagonistas. Aunque nunca existieron pruebas definitivas, la semifinal ante Austria continúa siendo recordada como uno de los episodios más controvertidos en la historia de las Copas del Mundo.
Italia terminaría consagrándose campeona al vencer a Checoslovaquia en la final. Austria, en cambio, se quedó con el cuarto puesto y con la sensación de que su generación más brillante había sido privada de la gran oportunidad de conquistar el mundo. Noventa y dos años después, aquella herida todavía ocupa un lugar especial en la memoria futbolera austríaca.
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