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Informe

Economía de la atención

El “siniestro streameril” que copó la atención, dice más de nosotros de lo que quisiéramos

Resultaría sobreabundante relatar -una vez más- el olvidable suceso que monopolizó la opinión pública de las últimas horas, una semana que se inició con la alegría compartida de ver a la Selección Argentina ganar en el debut del Mundial 2026, a los pies de su Rey Lionel Messi. El mismo que días más tarde se convertiría en materia prima del chimento inescrupuloso.

Los juicios de valor, morales y éticos fueron suficientemente desplegados a lo largo y a lo ancho de medios tradicionales y no tradicionales de comunicación, comunicadores, periodistas, políticos y hasta influencers.

Lo que queda en el tapete es ¿sorprende que la noticia haya surgido de un medio que estructuró su vida y su crecimiento en “no decir nada”? O, más precisamente, decir de todo pero sin contenido y -preferentemente- sin fundamento técnico ni profesional de ninguna índole.

Erich Fromm planteó a través de la Psicología de la Espontaneidad, los beneficios de ufanarse de ser uno mismo, expresar sentimientos y pensamientos ilimitadamente para abrazar la realización auténtica del yo; el verdadero camino de la libertad.

Hacer uso y abuso de la espontaneidad sin una base moral, racional ni empática, lejos de significar una emancipación del corset social se vuelve una trampa para uno y un arma mortal para el resto.

Andy Chango lo advirtió cuando renunció en vivo al streaming al que se había sumado apenas unas horas antes “…yo creo que hay contenidos e incontinencias, y el streaming se basa en incontinencias, en hablar boludeces todo el tiempo y a mi me está doliendo (…) estoy grande, hice discos y me gusta el arte, un placer, los amo, pero no puedo aguantar un segundo más acá.”

El dedo juzgador rebota en el espejo y nos apunta cuando el medio que comunica sin filtro, sin lineamiento editorial o sin límites éticos creció a la luz del encendido que le dio el público; el que inviste de poder de comunicar al comunicador. No hace falta un ojo experto para detectar la ausencia de calidad humana en un sitio que frente a un error humano (por más repudiable que resulte, no es ni mas ni menos que un error humano) sin titubeos, hecha culpas a trabajadores de menor jerarquía a quienes nadie instruyó adecuadamente respecto a qué posición tomar frente a versiones de este calibre.

De qué fuentes nos nutrimos, qué elegimos saber y de quiénes. A quién le damos un bien tan preciado como nuestra atención en un medio ambiente de información sobreabundante y de bajísimo coste.

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