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Para despedir a Don Agulla

No alcanzan los premios, las campañas ni los recuerdos para explicar una vida como la suya. Apenas quedan las palabras, con la esperanza de estar a la altura de alguien que siempre estuvo un paso más adelante.

Ramiro Agulla falleció a sus 63 años.

El honor de escribir estas palabras excede, por mucho, mi mérito con respecto a tu trayectoria. Hay vidas que parecen haber sido escritas para ser contadas por otros, y la tuya, Don Agulla, fue una de ellas: una vida que no cabía en una sola vida.

Fuiste publicista, sí, pero esa palabra queda chica. Fuiste un inventor de lenguajes, un descifrador de signos, un hombre que miraba la realidad como quien ve por detrás de los decorados. Donde otros veían avisos, vos veías mitologías. Donde otros repetían fórmulas, vos rompías estructuras. Donde otros buscaban agradar, vos preferías incomodar, ofender si hacía falta, sobre todo a quienes acaso se lo merecían.

Cuántos creativos se dedicaron a la publicidad gracias a vos. Cuántos aprendieron que una idea podía ser una bomba, una broma, una herejía, una canción, una campaña política, una frase dicha al pasar o una forma nueva de mirar el mundo. Creaste un idioma propio, y como todos los idiomas verdaderos, no necesitaba explicación: se entendía antes de ser entendido.

Tuviste cien vidas en una sola. Viviste a una velocidad mental que no parecía humana. Entendías la Matrix como ninguno, como si alguien te hubiera dado el mapa secreto de las personas, de los deseos, de la vanidad, del miedo, de la risa y del consumo. Nos hiciste reír, nos hiciste comprar, nos hiciste repetir frases, elegir marcas y consumir mil boludeces con la feliz ilusión de estar participando de algo más grande.

Murió Ramiro Agulla, el publicista que marcó una época con campañas  icónicas | Diario Época Corrientes

Pusiste de moda mil cosas. Pusiste presidentes. Hiciste de la publicidad una forma de poder y del poder una forma de relato. No te entraban los premios en los estantes, y aun así te vestías como si siempre estuvieras por ir a buscar otro. Había en vos algo de dandy, algo de jugador, algo de profeta peligroso y algo de chico travieso que acababa de descubrir que el mundo era manipulable.

Exprimiste la vida y los placeres como si supieras, de algún modo secreto, que te ibas a ir temprano. Bailaste con el diablo arriba de un Clio. Cantaste con los mejores en el living de tu casa. Viste mil amaneceres con amigos. Armaste una familia hermosa. Fuiste exceso, lucidez, contradicción, ternura escondida, velocidad, ruido, genio y desmesura.

A mí, que apenas te conocía, me brindaste una amistad. Y eso también habla de vos: de esa generosidad rara de los que parecen pertenecerle a todo el mundo, pero igual se detienen un instante para mirar a alguien a los ojos.

Te entendía la mitad de todo lo que decías. Tal vez nadie te entendía del todo. Tal vez ésa era parte de tu gracia. Pero nunca, nunca, nadie pudo decir que eras aburrido.

Inspiraste a millones de personas en el mundo. Rompiste estructuras en todos los ámbitos. Viviste como si la realidad fuera una campaña que todavía podía mejorarse. Y ahora que ya no estás, queda esa forma tuya de haber pasado: como pasan los incendios, los relámpagos, las canciones inolvidables y ciertos hombres que no mueren del todo porque dejaron demasiadas frases encendidas en la memoria de los demás.

Don Agulla, quizá la muerte sea apenas otro briefing imposible. Y si alguien podía responderlo con una idea inesperada, eras vos.

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