
La historia de Augusto Toso parece salida de un documental. Nacido en Salto Grande, radicado en Totoras y apasionado por la naturaleza desde la infancia, lleva 10 años trabajando como guía de pesca en el Amazonas, donde convive con comunidades indígenas y acompaña a turistas que buscan una experiencia inmersiva en algunos de los lugares más remotos de Sudamérica.
Invitado al programa Lo Mejor de Todo de Radio Boing, Toso repasó cómo llegó a desarrollar una actividad tan singular y compartió anécdotas sobre la vida en la selva, el contacto con pueblos originarios y la relación que construyó durante una década con distintas tribus de Brasil y Bolivia.
Todo comenzó cuando era niño. La pesca, los ríos y la naturaleza formaban parte de su vida cotidiana gracias a la influencia de su familia. Con el tiempo, aquel interés se transformó en una vocación.
“Surge desde chico. Algo que cuando uno es muy chico y lo sueña, y los sueños se cumplen. Bueno, a mí me pasó algo así”, recordó.
Según contó, siempre imaginó un futuro vinculado al mundo natural. “Cuando era chico decía que quería ser guardafauna. Y al final terminé yendo a laburar. Ya hace 10 años que voy al Amazonas”, explicó.

Antes de llegar por primera vez al Amazonas, Toso investigó sobre las especies, los ecosistemas y las características de la región. Sin embargo, aseguró que nada alcanza para anticipar lo que se encuentra una vez allí. “Uno siempre lo va estudiando, investiga a ver cómo es, qué tipo de peces hay. Pero no se imagina nunca lo que se va a encontrar después porque es algo único”, señaló.
Lo que más lo impactó fue encontrarse con espacios donde la naturaleza permanece prácticamente intacta. “Estoy en un lugar donde parece que hace 500 años todavía no llegó el hombre. Son lugares vírgenes”, describió.
Actualmente trabaja en distintos destinos amazónicos operados por una empresa que mantiene acuerdos con comunidades indígenas. Gracias a esos convenios, pueden ingresar a territorios donde el turismo convencional no tiene acceso.

Uno de los aspectos más delicados de su trabajo es la relación con los pueblos originarios. Toso explicó que muchas comunidades tuvieron experiencias negativas con personas interesadas en explotar recursos naturales como la madera o el oro, lo que generó una profunda desconfianza hacia los extranjeros.
“Vos tenés que saber un poco su historia para entenderlos y tomar los cuidados necesarios. Demostrarles que estás ahí para ayudar y no para aprovecharte de ellos”, afirmó.
Con el paso de los años, la relación cambió notablemente. “Ya tienen otra confianza porque ven que el tiempo pasa y el trabajo les sirve mucho”, explicó. En algunos casos, las comunidades reciben incluso el 50% de las ganancias generadas por la actividad turística.

Toso relató que las jornadas comienzan muy temprano. Mientras los visitantes recién se despiertan, muchos integrantes de las comunidades ya regresaron de bañarse en el río.
Las mujeres suelen dedicarse a la cocina y a la elaboración de harina de mandioca, mientras que los hombres realizan tareas de pesca, caza o preparación de embarcaciones. “A las cinco de la mañana ya vienen de bañarse en el río”, contó.
Durante la temporada turística, los guías indígenas trabajan junto a él recibiendo visitantes y organizando las salidas diarias de pesca. La rutina concluye al atardecer. Luego de regresar del río, los habitantes vuelven a bañarse y generalmente se retiran a descansar alrededor de las ocho o nueve de la noche.

Uno de los aspectos culturales que más le llamó la atención fue el rol que ocupan las mujeres dentro de las comunidades.
Aunque el contacto cotidiano con los visitantes suele estar mediado por los hombres, explicó que las mujeres tienen una gran autoridad durante las reuniones comunitarias. “Cuando una mujer va a hablar, todo el mundo se calla. Tiene mucho respeto y mucho poder”, relató.
Algunas de las regiones donde trabaja se encuentran próximas a zonas habitadas por grupos indígenas que todavía mantienen muy poco contacto con el mundo exterior. Si bien él nunca tuvo encuentros directos con estas comunidades aisladas, explicó que existen relatos de intercambios ocasionales con aldeas vecinas.
“Nos han contado que han intercambiado utensilios y machetes con ellos, pero nosotros nunca vimos nada”, comentó. Por cuestiones de seguridad, en ciertos sectores los alojamientos turísticos se ubican junto a las comunidades indígenas.
La fauna amazónica es otro de los grandes atractivos de la experiencia. Durante sus años en la selva, Toso pudo observar especies difíciles de encontrar incluso para los habitantes locales. “Tuve la suerte de ver ocho jaguaretés”, reveló.
Uno de esos encuentros ocurrió a muy corta distancia. “La pantera estaba muy cerca nuestro y enojada. Estábamos arriba de la lancha”, recordó.
También relató haber visto tapires cruzando ríos cristalinos, además de innumerables aves y peces característicos de la región.

A lo largo de su experiencia fue invitado a participar de diversas celebraciones tradicionales. Las comunidades suelen realizar danzas, cantos ancestrales y ceremonias donde utilizan pinturas elaboradas con carbón y frutos de la selva.
“Nos pintaron a nosotros también. La habilidad que tienen para pintar es increíble”, aseguró. Incluso conserva cuadros y telas decoradas por integrantes de las tribus.
Entre las muchas anécdotas acumuladas durante estos años, hay una que resume la forma de pensar de algunas comunidades amazónicas. Antes de regresar a Argentina, uno de sus amigos indígenas le pidió algo muy particular.
“Yo pensé que me iba a pedir un parlante o un celular. Pero me pidió semillas de maíz”, contó.
El objetivo era intercambiar variedades para enriquecer la genética de sus cultivos. “No me pidió otra cosa. Quiso intercambiar semillas”, recordó.

Tecnología, fútbol y cambios culturales
Aunque muchas personas imaginan a estas comunidades completamente aisladas, Toso explicó que la realidad es más compleja. En varias aldeas existen motores para embarcaciones, teléfonos celulares e incluso acceso a internet gracias a antenas instaladas en los últimos años.
“Existe la remera, existe la zapatilla, existe el pantalón y ellos están en todo su derecho de usarlos”, afirmó.
Sin embargo, remarcó que mantienen firmemente sus tradiciones. Además, reveló que el fútbol ocupa un lugar central en la vida cotidiana de muchos jóvenes. “Les gusta muchísimo el fútbol”, señaló.

Al comparar el ritmo amazónico con la vida urbana, Toso destacó una diferencia que considera fundamental. “Yo no vi gente nerviosa, estresada o con ansiedad”, afirmó.
Según explicó, las comunidades organizan gran parte de sus actividades en función de los ciclos naturales y no de horarios estrictos. “Nosotros decimos que tenemos que salir a las siete y volver a las seis. Ellos se manejan más por el sol”, resumió.
Su llegada a la selva fue resultado de una combinación de pasión, oportunidades y casualidades. Mientras estudiaba música en Rosario, comenzó a vincularse con especialistas en pesca con mosca. Tiempo después realizó un viaje que cambiaría su vida.

Allí conoció a una persona que trabajaba para la empresa amazónica y que quedó impresionada por su perfil profesional.
“Le gustó cómo laburaba yo, a qué me dedicaba y cómo era. Un año después me recomendó y ahí fueron diez años”, contó. Desde entonces alterna temporadas en el Amazonas con períodos de trabajo en Argentina.
Antes de finalizar la entrevista, Toso dejó una reflexión sobre la importancia de preservar los ecosistemas. “No es solo ir al río a pescar. Hay muchas más cosas alrededor que por ahí no se ven”, expresó.
Y concluyó con una invitación a observar la naturaleza con otros ojos: “Apreciar la flor de un ceibo, el canto de un zorzal o de un cardenal. Existen muchas más cosas que lo que estamos acostumbrados a ver”.

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