
Hay una competencia que no aparece en el medallero de los Juegos Suramericanos Santa Fe 2026. No tiene árbitros, cronómetro ni podio. Tampoco importa demasiado quién gana o quién pierde. Se juega en los pasillos, las tribunas, las zonas de acceso y los lugares donde se cruzan atletas, periodistas, voluntarios y espectadores.
La pregunta es mucho más sencilla: “¿Tenés un pin para cambiar?”. Y a partir de ahí empieza todo.
Durante estos Juegos, los pines se convirtieron en una especie de figuritas entre grandes y chicos. Cada delegación tiene los suyos, pero también hay empresas, marcas, medios y organizaciones que hicieron sus propios diseños. Algunos los consiguen, otros los coleccionan y muchos directamente salen a buscar a alguien que tenga ese que todavía les falta.
La lógica es simple: yo tengo uno que vos querés y vos tenés uno que yo quiero. Entonces hacemos el cambio. No hay plata de por medio. Es un trueque. Y justamente ahí está la gracias del momento.
En el caso de Radio Boing, por ejemplo, también hay pines propios del medio que durante los Juegos los usamos para intercambiar con otras personas. Así, un pin de Radio Boing puede terminar en manos de un deportista de otro país y, a cambio, llegar uno de una delegación o una organización que quizás después quede guardado como recuerdo.
Es una dinámica que puede parecer chiquita, pero que termina generando algo mucho más grande: conversaciones entre personas que probablemente nunca se hubieran hablado.
Cada delegación tiene los suyos, pero también hay empresas, marcas, medios y organizaciones que hicieron sus propios diseños
Un atleta puede cruzarse con un periodista. Un voluntario puede intercambiar con un deportista. Alguien que está mirando una competencia puede descubrir que la persona que tiene al lado guarda justo el pin que estaba buscando.

“¿Ese lo cambiás?” Y listo. Arrancó la charla.
La tradición tiene una historia mucho más larga que estos Juegos. Los pines y las insignias comenzaron vinculados a la identificación de atletas y representantes en los primeros Juegos Olímpicos modernos y, con el tiempo, fueron transformándose en objetos para coleccionar e intercambiar. El intercambio se consolidó como una práctica asociada a los grandes eventos deportivos y terminó extendiéndose también a otros espacios.
Incluso Disney convirtió el intercambio en una tradición propia. Aunque los pines existían desde antes, la compañía impulsó el pin trading durante la celebración del Milenio en 1999 y la práctica continuó después de que terminara aquel evento. La idea era, justamente, crear una forma de interacción entre personas de distintos lugares a través de esos pequeños objetos.
Pero en Santa Fe 2026 no hace falta ir a un parque temático ni ser un coleccionista experto para entender de qué se trata.
Alcanza con caminar por una sede.
Los pines aparecen en las acreditaciones, en mochilas, camperas y bolsos. Hay quienes llevan varios juntos y quienes ya aprendieron a mirar qué tiene puesto el otro antes de preguntar. Algunos se consiguen fácilmente y otros empiezan a convertirse en los más buscados.
Y ahí aparece una especie de mercado, pero sin precios.
Un pin de un país puede valer mucho para alguien que está intentando conseguir todos los de las delegaciones. Otro puede ser especial porque fue entregado por una marca. Otro porque pertenece a un deporte determinado. Y también están esos que simplemente gustan más por su diseño.
La idea era, justamente, crear una forma de interacción entre personas de distintos lugares a través de esos pequeños objetos
En los Juegos de Santa Fe, algunos deportistas incluso ya tienen sus propios “difíciles”. Según testimonios, los pines de Aruba, Curazao, Surinam y Guyana están entre los más complicados de conseguir en esta edición.
Y cuando aparece uno, claramente, se cotiza Aunque, en realidad, no se trata solamente de qué pin es más difícil o más lindo.
Porque hay algo que diferencia este intercambio de cualquier compra de merchandising: la historia detrás del objeto.

Un pin puede haber pasado por las manos de una persona de Colombia antes de llegar a las de un argentino. Puede haber sido cambiado después de una competencia. Puede haber viajado desde otro país en la mochila de un atleta. Puede terminar en la colección de alguien que, hasta ese día, no tenía nada que lo conectara con esa delegación.
Y entonces deja de ser solamente un pedacito de metal. Pasa a ser un recuerdo.
Los Juegos Suramericanos reúnen a 15 países y miles de atletas durante dos semanas en Rosario, Santa Fe y Rafaela. En medio de tantas competencias, entrenamientos y resultados, estos pequeños intercambios muestran otra parte de lo que significa organizar un evento de estas características: personas de distintos lugares encontrándose y llevándose algo del otro.
Quizás por eso los pines tengan tanto éxito. Porque son chicos, fáciles de guardar y, sobre todo, fáciles de compartir. No hace falta hablar el mismo idioma. No hace falta conocer al otro. Ni siquiera hace falta seguir el mismo deporte.
Puede terminar en la colección de alguien que, hasta ese día, no tenía nada que lo conectara con esa delegación.
A veces alcanza con mirar una acreditación, señalar un pin y preguntar: “¿Lo cambiás?”
Y así, entre un partido, una carrera o una competencia, aparece otro de los pequeños rituales de Santa Fe 2026. Uno que no entrega medallas, pero sí recuerdos.
Porque cuando los Juegos terminen, los resultados quedarán en las estadísticas. Las medallas volverán con sus dueños y las delegaciones regresarán a sus países. Pero muchos de esos pines van a seguir dando vueltas. En una mochila. En una campera. En una colección.
Comentarios