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Opinión

¿Por qué la selección es lo único que une a los argentinos?

A 210 años de haber logrado la independencia, nuestro país aún se debe una conquista mayor: la de ganarle a la indiferencia y el individualismo.

Foto: Farid Dumat Kelzi.

Hace 210 años, un grupo de hombres y mujeres reunidos en Tucumán decidió romper definitivamente los lazos con la Corona española. La Declaración de la Independencia fue mucho más que un acto político: representó la construcción de un sueño compartido, la convicción de que un pueblo podía forjar un destino común más allá de sus diferencias.

Dos siglos después, la Argentina ya no necesita independizarse de una potencia extranjera. Tal vez el desafío pendiente sea otro: independizarse del individualismo, de la indiferencia y de la incapacidad de pensar un proyecto colectivo que trascienda a los gobiernos de turno.

La semana que pasó dejó imágenes que, aunque parecen aisladas, hablan de esa misma deuda.

Por un lado, la remontada de la Selección Argentina frente a Egipto volvió a movilizar a millones de personas. Las calles se llenaron de familias, de abrazos entre desconocidos y de banderas celestes y blancas. Durante unas horas desaparecieron las diferencias políticas, sociales y económicas. La alegría fue compartida y el triunfo volvió a sentirse como propio.

La remontada de la Selección Argentina frente a Egipto volvió a movilizar a millones de personas. Las calles se llenaron de familias, de abrazos entre desconocidos y de banderas celestes y blancas. Durante unas horas desaparecieron las diferencias políticas, sociales y económicas.

La Scaloneta volvió a demostrar algo que la Argentina conoce muy bien: cuando existe un objetivo común, los argentinos saben trabajar en equipo.

Pero esa unidad parece durar apenas lo que dura un partido.

Cuando la pelota deja de rodar, vuelven las divisiones, las discusiones y una grieta que atraviesa casi todos los aspectos de la vida pública.

Foto: Farid Dumat Kelzi.

La víspera del 9 de Julio volvió a ofrecer una imagen de esa fragmentación. Un Presidente rodeado por apenas poco más de la mitad de los gobernadores, una vicepresidenta completamente distanciada del Gobierno y una dirigencia política que ni siquiera en una fecha tan simbólica consigue transmitir una señal de unidad institucional.

No es un fenómeno nuevo. La historia democrática argentina está llena de rupturas entre quienes fueron elegidos para gobernar juntos. Desde Fernando de la Rúa y Carlos “Chacho” Álvarez hasta Cristina Fernández de Kirchner y Julio Cobos, las diferencias terminaron convirtiéndose en fracturas que trascendieron a las personas y alimentaron una cultura política donde el consenso parece ser la excepción.

La historia democrática argentina está llena de rupturas entre quienes fueron elegidos para gobernar juntos. Desde Fernando de la Rúa y Carlos “Chacho” Álvarez hasta Cristina Fernández de Kirchner y Julio Cobos, las diferencias terminaron convirtiéndose en fracturas que trascendieron a las personas

Sin embargo, quizás la imagen más potente de la semana no haya ocurrido en la Casa Rosada, sino en la Catedral Metropolitana.

Durante el Tedeum por el Día de la Independencia, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, tomó como ejemplo a la Selección Argentina para plantear una reflexión que excedió por completo al fútbol.

Milei-gobernadores-vigilia-Tucuman
Milei junto a los gobernadores que respondieron a la convocatoria por la vigilia en Tucumán.

Recordó una frase de Lionel Messi después de la conquista de la Copa América: “Demostramos una vez más que los argentinos, cuando luchamos juntos y unidos, somos capaces de conseguir lo que nos propongamos. El mérito es de este grupo, que está por encima de las individualidades”.

No fue una cita deportiva.

Fue, probablemente, una de las definiciones políticas más profundas que dejó la semana.

Porque la gran paradoja argentina es que sabemos construir proyectos colectivos, pero solo en circunstancias excepcionales.

Lo hacemos cuando juega la Selección.

La gran paradoja argentina es que sabemos construir proyectos colectivos, pero solo en circunstancias excepcionales. Lo hacemos cuando juega la Selección.

Lo hacen las Abuelas de Plaza de Mayo  que durante décadas siguen buscando memoria, verdad y justicia.

Lo hizo René Favaloro cuando entendió que la medicina era una herramienta para transformar vidas.

Lo hicieron científicos, docentes, médicos, bomberos voluntarios, cooperativistas y millones de argentinos anónimos que todos los días sostienen silenciosamente este país.

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿por qué esa capacidad para trabajar juntos desaparece cuando debemos pensar el país que queremos construir?

A 210 años años de aquel 18116: ¿Qué significa ser independentes?

En su homilía, García Cuerva insistió en una palabra que debería interpelarnos mucho más que cualquier discurso político: indiferencia.

La indiferencia aparece cuando dejamos de sorprendernos porque un jubilado no puede comprar sus medicamentos.

Cuando naturalizamos que una universidad pública deba pelear por su financiamiento. Cuando aceptamos que rutas deterioradas sigan cobrando vidas cada semana. Cuando una persona con discapacidad debe atravesar un laberinto burocrático para acceder a una prestación básica. Cuando creemos que mientras a uno le vaya bien, el problema del otro deja de importar. Esa indiferencia también fractura a un país.

Sería injusto desconocer que algunos indicadores económicos muestran señales positivas. La inflación bajó respecto de los niveles heredados y sectores como la energía, la minería, el agro o la economía del conocimiento atraviesan un escenario de crecimiento que representa una oportunidad histórica para la Argentina.

Pero también sería un error creer que la macroeconomía alcanza por sí sola, porque el crecimiento económico solo adquiere sentido cuando mejora la vida cotidiana de las personas.

No alcanza con que aumenten las exportaciones si miles de pequeñas empresas siguen peleando por sobrevivir. No alcanza con equilibrar las cuentas públicas si las rutas continúan deteriorándose. No alcanza con atraer inversiones si la educación, la ciencia o la salud dejan de ser prioridades estratégicas. El propio Gobierno de Santa Fe viene impulsando políticas anticíclicas para sostener el entramado productivo, entendiendo que el crecimiento necesita herramientas que acompañen a quienes generan empleo.

Ese quizás sea uno de los debates que la Argentina todavía se debe. Durante décadas discutimos modelos económicos, pero pocas veces debatimos seriamente cuál es el proyecto de país que queremos dentro de veinte o treinta años. Las naciones que lograron desarrollarse no crecieron únicamente porque ordenaron sus cuentas. También construyeron consensos básicos.

Durante décadas discutimos modelos económicos, pero pocas veces debatimos seriamente cuál es el proyecto de país que queremos dentro de veinte o treinta años. Las naciones que lograron desarrollarse no crecieron únicamente porque ordenaron sus cuentas. También construyeron consensos básicos.

Entendieron que la educación era una inversión y no un gasto: que la ciencia generaba desarrollo, que cuidar la infraestructura era una política de Estado, que el sector privado necesitaba reglas claras, que el Estado debía ser eficiente, que ninguna sociedad puede prosperar dejando a una parte de su población al margen.

La Independencia de 1816 nos dio libertad política. La independencia del siglo XXI debería consistir en liberarnos del enfrentamiento permanente, del cortoplacismo y de la idea de que un país puede construirse únicamente desde el éxito individual. La Scaloneta no ganó porque tuviera solamente al mejor futbolista del mundo. Gana porque Lionel Messi entendió que el equipo estaba por encima de cualquier nombre propio.

Tal vez allí haya una enseñanza que trasciende al deporte. Los argentinos ya demostramos, una y otra vez, que somos capaces de hacer cosas extraordinarias cuando trabajamos juntos.

La pregunta que deja este nuevo aniversario de la Independencia es si podremos trasladar ese mismo espíritu a la política, a la economía y a la vida cotidiana. Porque quizás la verdadera independencia que todavía nos falta conquistar no sea de una potencia extranjera, sino simplemente la de nuestra propia indiferencia.

Foto: Farid Dumat Kelzi.

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