
¿Qué hacía San Martín puertas adentro? ¿Qué pensaba de los políticos de su época? Acostumbrados a la figura inmaculada que enseñan en la escuela, a veces perdemos de vista al ser humano de carne y hueso. En su clásica columna “Ríos de Historia”, que hace los martes el historiador Aldo Fantín en el programa Río Extra Primera Hora, repasó las anécdotas más íntimas y convicciones más feroces del Padre de la Patria, dejando varias frases que resuenan con una actualidad que asusta.
“San Martín todos sabemos lo que hizo desde el plano militar. Fue una hazaña sin precedentes que todavía hoy se sigue estudiando en las principales academias militares del mundo”, arrancó Fantín, para luego meterse de lleno en la intimidad del general. “Era un hombre muy frugal, muy poco habituado a los lujos… me atrevería a decir que él hasta rechazaba los lujos”.
El cuerpo al límite y un mate engañoso
La gesta libertadora no fue gratis para su cuerpo. Según detalló el profesor, la salud del Libertador pendía de un hilo mientras cruzaba a más de 4.000 metros de altura. “Padecía diversas enfermedades: artritis, gota, asma, y una úlcera que lo hacía vomitar sangre. Durante el cruce le costó muchísimo, hubo que hacer trayectos en camilla y a veces tenía que dormir sentado”.
Para tolerar el calvario, San Martín acudió a medidas extremas: “Un amigo le había traído de Europa una especie de botiquín homeopático en donde había opio. Y él, según dicen las crónicas, abusaba del opio precisamente por los enormes dolores que le generaba esa úlcera sangrante”.
En su cotidianidad, Fantín lo describió como un hombre de pocas palabras pero con gustos muy nuestros, aunque con sus particularidades. “Sabía tocar la guitarra, cantar y bailar. Le gustaba mucho el puchero y el asado. Y tomaba mate… pero no era mate. Él tomaba café en un mate con bombilla, era una costumbre que tenía”.
Un mensaje lapidario sobre la corrupción y el Estado
Uno de los momentos más fuertes de la columna en Radio Río se dio al repasar el pensamiento político de San Martín. Consultado en su época sobre la burocracia, el Libertador no anduvo con vueltas: “Dijo que la burocracia era equivalente a tener un hombre tiránico en el poder”.
Pero su postura más radical la reservaba para los funcionarios del Estado. “San Martín decía que se puede robar, pero la traición a la Patria merece otra pena. Y la pena que él ofrecía para la traición a la Patria era la pena de muerte”, relató Fantín, y profundizó: “Él decía: ‘todo funcionario público que robe merece la pena de muerte’. No hay metáfora ahí. Porque administra el bien común y traiciona a la Patria”.
Renunciamientos y la historia de “los dos Cabrales”
Fantín destacó que la vida del prócer “está plagada de renunciamientos” en pos de un objetivo superior: la libertad de América del Sur. Renunció a su vida familiar, a gobernar Chile y, finalmente, a vivir en su propio país. “En plena guerra civil, tuvo un ofrecimiento del bando unitario y dijo: ‘yo no voy a desenvainar mi espada contra otro argentino’. Se subió a un barco con su hija y se fue a Europa”.
Antes de cerrar la entrevista, el historiador regaló dos perlitas que dejaron sin palabras a la mesa. La primera, la devoción inquebrantable por el soldado que le salvó la vida en San Lorenzo: “San Martín le arranca un botón de la casaca a Cabral. Ese botón era una de las piezas más importantes de su vida. Siempre lo había llevado con él y lo encontró su yerno cuando revisó su ropa el día que falleció”.
La segunda, una asombrosa coincidencia del destino. “No hubo un Cabral, hubo dos”, sentenció Fantín. “En 1808, siendo oficial en España, San Martín cae al piso en un combate contra tropas francesas. Cuando estaba por ser asesinado, un sargento se interpone y muere en su lugar. Ese sargento se llamaba Juan de Dios Cabral. Hubo un Cabral en España y hubo un Cabral acá en Argentina”.
En sus últimos años en Francia, casi ciego por cataratas y refugiado en la lectura que compartía con sus nietas, San Martín encontró su final. El 17 de agosto de 1850, a los 72 años, pidió a su yerno ir a su propia habitación. “Le dijo ‘no quiero que Mercedes me vea y que esté acá’. A las tres de la tarde sufrió una pequeña convulsión, cerró los ojos y allí quedó”, cerró el profesor.
“En la entrevista de Guayaquil, Bolívar le había regalado un perro”, relató Fantín sobre otro de los detalles más entrañables del Libertador. Fiel a su estilo, San Martín bautizó al animal justamente con el nombre de “Guayaquil”. Según contó el profesor en Radio Río, ese perrito “no lo abandonó jamás”: viajó con él de regreso a Mendoza y luego lo acompañó incondicionalmente en su largo peregrinar por el exilio, hasta que finalmente murió y fue enterrado en los jardines de la propiedad que el general había comprado en Grand Bourg, Francia.
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