
La Amazonía, considerada el mayor sumidero de carbono del planeta, podría dejar de cumplir uno de sus roles más importantes en la lucha contra el cambio climático durante los episodios intensos de El Niño. Investigaciones recientes muestran que, bajo condiciones extremas de calor y sequía, la selva reduce significativamente su capacidad para absorber dióxido de carbono e incluso puede transformarse en una fuente de emisiones.
Un análisis publicado por The Conversation, basado en un estudio liderado por la investigadora Amy Bennett, de la Universidad de Leeds, examinó durante tres décadas la evolución de más de medio millón de árboles distribuidos en seis países amazónicos. Los resultados indican que las altas temperaturas y la escasez de lluvias alteran el funcionamiento de los bosques tropicales.
Cuando el agua escasea, los árboles cierran los poros de sus hojas para evitar la deshidratación. Sin embargo, ese mecanismo también reduce la absorción de dióxido de carbono, frena el crecimiento y debilita a los ejemplares. Como consecuencia, aumenta la mortalidad de los árboles y el carbono que almacenaban vuelve a liberarse a la atmósfera durante su descomposición.
Uno de los casos más representativos fue el fenómeno de El Niño de 2015-2016. En ese período, la temperatura en la región amazónica superó en más de un grado el promedio habitual y varias zonas prácticamente dejaron de capturar carbono. Además, la tasa anual de mortalidad de árboles pasó del 1,8% al 3%, afectando especialmente a los ejemplares de mayor tamaño y de madera menos densa.
Los especialistas advierten que las áreas ubicadas en los límites de la selva presentan una vulnerabilidad aún mayor. Allí, donde las sequías son más frecuentes, un incremento de apenas medio grado en la temperatura puede traducirse en una reducción similar del carbono almacenado en la biomasa forestal. La falta de agua provoca fallas en el sistema interno de transporte de los árboles, acelerando su deterioro y muerte.
La preocupación también alcanza a la Amazonía peruana. Un informe de Conservación Amazónica (ACCA) alertó que, si vuelven a combinarse condiciones extremas de sequía, altas temperaturas y presión humana, podrían repetirse incendios forestales de gran magnitud como los registrados durante 2024.
Ese año se convirtió en el peor de las últimas décadas para la región: unas 240.000 hectáreas de bosques amazónicos fueron afectadas por el fuego, impulsado por la combinación de El Niño, temperaturas récord en el Atlántico tropical, la expansión agrícola y la deforestación. Según los investigadores, la capacidad de respuesta sigue siendo insuficiente debido a la falta de planificación, recursos y cobertura para combatir este tipo de emergencias.
Los expertos también advierten que el escenario podría agravarse. En los últimos 60 años, los episodios intensos de El Niño se duplicaron y distintos organismos internacionales proyectan que 2026 podría ubicarse entre los años más cálidos de la historia reciente. En ese contexto, sostienen que la protección de la Amazonía y la reducción de las emisiones globales serán determinantes para evitar que el mayor bosque tropical del mundo pierda definitivamente su capacidad de regular el clima del planeta.
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