La música popular argentina acaban de perder a uno de sus faros más singulares. Daniel Melingo, el hombre de voz rasposa, estampa de linyera elegante y talento inabarcable, falleció este martes a los 68 años. Su cuerpo fue encontrado por uno de sus hijos en su histórico refugio de Chacarita, el barrio que tan bien le sentaba a su espíritu tanguero. Según fuentes policiales, el artista venía atravesando una delicada situación de salud a causa de una enfermedad respiratoria severa (EPOC) y se encontraba recibiendo cuidados paliativos en su domicilio.
Su partida deja un vacío inmenso y trunca, de manera repentina, una etapa que lo encontraba en plena efervescencia creativa. Melingo, siempre inquieto, no era un artista de vivir del pasado. Estaba abocado de lleno a Tangos bajos (Rework), un proyecto ambicioso donde reversionaba con sonido actual y músicos invitados aquel disco fundamental de 1998 que terminó de consagrarlo. Tenía la ilusión de presentar este material a lo grande el próximo 21 de septiembre en el Teatro Coliseo, un show que iba a estar acompañado por el estreno de un documental sobre las raíces del género y el lanzamiento de un vino Malbec bautizado con el mismo nombre.
Para dimensionar su legado, hay que viajar en el tiempo y reconocer la convivencia de sus dos almas. Durante los vibrantes años ochenta, Melingo fue un engranaje vital para la explosión del rock nacional. Dejó su sello indeleble como integrante de Los Abuelos de la Nada, fue la chispa fundacional detrás de Los Twist y supo poner su magia al servicio de Charly García. Sin embargo, cuando el éxito masivo y las discográficas multinacionales parecían dictar su camino tras la salida de su primer disco solista, H2O (1995), él eligió patear el tablero.
Con el impulso incondicional de su amigo y colega Fernando Samalea —quien lo animó a sacar del encierro hogareño esos tangos crudos que tocaba en la intimidad y transcribió las melodías de su bandoneón—, decidió mirar hacia los márgenes de la ciudad. Así nació Tangos bajos, la placa que no solo le abrió de par en par las puertas de Europa, sino que redefinió la manera de interpretar la música ciudadana a fines del siglo XX.
Muchos creyeron en aquel momento que el rockero se había cruzado de vereda o se había inventado un personaje, pero para él, el dos por cuatro nunca fue un disfraz. Era, por el contrario, un regreso al hogar. El propio Melingo solía recordar que el devenir tanguero fue siempre una cuestión familiar. Por el lado materno, su árbol genealógico estaba lleno de poetas, letristas y bailarines. Fue de hecho su propio tío mayor, Orlando Silva, quien le regaló los versos para componer en 1985 su primer tango (“Esta es mi presentación”), grabado junto a Los Twist. La música arrabalera habitaba en su sangre mucho antes de que él decidiera prestarle su voz de manera definitiva.
Se fue un artista total. Un constructor de universos poéticos, un puente vivo entre la desfachatez del rock de los ochenta y la profundidad melancólica del tango. Su obra queda flotando para siempre en el aire de Buenos Aires, esa ciudad que supo cantar, entender y caminar como pocos.

Comentarios