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Opinión

La política como ficción

Resulta muchas veces homogéneo el pensamiento descriptivo sobre la actual crisis argentina en la que todos acuerdan. Si esto fuera una ficción, solo le faltaría el subtítulo referente a que los personajes no refieren a historias reales y su narrativa es solo coincidencia con la realidad. Utilizar categorías de análisis como gobernabilidad, identidad, soberanía, responsabilidad institucional, etc., y pontificar sobre su importancia se transformó en una reiterada costumbre.

La argentina exhala anomia. Esta crisis se definiría como una especie de espiral, donde cada vuelta implicaría un retroceder avanzando, para algunos y un avanzar retrocediendo, para otros. Aparece entonces la ficción donde muchos de los que ocupan o han ocupado cargos políticos en los gobiernos anteriores o en el actual, se muestran como contempladores externos transitorios de la realidad, demandando ser escuchados en sus análisis, del todo huérfanos de compromiso con el pasado y de autocrítica.

Culpas cruzadas atraviesan a todos los sectores dominantes del país, nadie resulta aludido por las decisiones tomadas y mucho menos por los fracasos que ellas conllevaron. Es tan grande el desencuentro como grave. Para algunos, por ejemplo: la identidad, así como la soberanía son entelequias que se imaginan intangibles y por lo tanto no se ven afectadas aún si se las vulneran. La muestra de esto son las propuestas de dolarización. Para otros, en cambio, aquellas categorías no serían negociables. La racionalidad política y algunas críticas suelen ser descalificar y describir dichas proposiciones como ideologías foráneas. Mientras tanto, las mayorías postergadas esperan un milagro y las minorías dominantes -tanto en el sector privado como en el sector público – no aportan ninguna idea de cambio.

Hablamos de ficción nuevamente cuando el encuentro de la clase política se produce en el diagnostico únicamente y cuando la prédica moral y la apelación a la verdad se apropian del futuro como un argumento superador de la crisis. La degradación cultural conduce a la inestabilidad estructural y dirigencial, y las instituciones se ven flageladas. Es aquí donde aparecen las propuestas de ira irracional salvadora del contexto. Decantan las propuestas noveladas a modo de dramatización como única alternativa: dolarización, privatización, judicialización etc. Como si los conceptos sueltos pudieran cambiar el caótico presente.

Revisar la historia los debería alejar de la ficción de la cual participan, también, los silencios especulativos. Difícil resulta encontrar todavía un argumento, pero en cambio, sí podemos encontrar a los actores protagónicos y a los actores secundarios. Cuidado que en las ficciones suelen cambiar y alternarse según el espectador lo requiera y esto parece estar ocurriendo.

La opinión publica asiste con sorpresa y con cierto disgusto a los enfrentamientos internos que se están produciendo en el seno de los partidos políticos que protagonizan la vida política argentina desde hace mucho tiempo. Las disidencias internas se fueron institucionalizando y siempre como movimientos fuertemente vinculados al liderazgo. Lo que debería ser un mecanismo democrático partidario se ha convertido en un deleznable forcejeo frente a la perplejidad de la ciudadanía.

Los sucesivos fracasos económicos son anecdóticos, la idea de desarrollo como crecimiento ciertamente fracasó y el progreso aun no comienza. La política puede unir o dividir, depende de un juego de poder y de la mirada que la ideología invoque, no pocas veces disfrazada. Los políticos argentinos tienden a crear o promover narrativas ficticias o exageradas para manipular a la opinión pública. Esto, que además ha sido y es un patrón recurrente en tiempos de campaña electoral.

En resumen: debajo de los aparentes contrastes de la dirigencia, subyacen fuerzas que siguen presionando en determinado sentido para que ciertas tendencias se mantengan y así, nada cambie. La debilidad crónica que afecta al poder político dificulta la posibilidad de encontrar un pacto capaz de asegurar una distribución equitativa de la riqueza que atenúe, al menos las desigualdades, como punto de partida.

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