
Se estrena Moana, según Variety “la primera live action que funciona 100%” de Disney que continúa con las remakes de sus éxitos animados y ahora le tocó el turno a esta versión de su muy buen film original de 2016. También llega el nuevo largometraje de Arnaud Desplechin, el director de Esther Kahn, El primer día del resto de nuestras vidas, Reyes y reina y Tres recuerdos de mi juventud, y se estrena en 10 salas argentinas tras un recorrido por festivales como Toronto, San Sebastián y Roma, se llama “Dos pianos”. La tercera, luego de la ya mítica trilogía original de Sam Raimi con Bruce Campbell, conformada por The Evil Dead: Diabólico (1981), Evil Dead II: Noche alucinante (1987) y Evil Dead III: El ejército de las tinieblas (1992); del regreso con Posesión infernal (Evil Dead, 2013), de Fede Alvarez; y de Evil Dead: El despertar (Evil Dead Rise, 2023), de Lee Cronin; llega este sexto largometraje de una franquicia que incluye también desde la serie Ash vs. Evil Dead hasta varios videojuegos. Aquí una selección de reseñas para elegir que ir a ver al cine, porque el cine se ve en el cine.
“Moana”

Hay muchas razones de peso(s) para justificar la realización de una versión con intérpretes de carne y hueso de Moana. El largometraje de 2016 recaudó 643,3 millones de dólares en cines de todo el mundo (en Argentina fue visto por 1.480.000 personas), mientras que su secuela de 2024 tuvo ingresos por 1.059 millones de dólares a nivel global (en nuestro país convocó a 1.635.000 espectadores). Sin embargo, analizándola desde una perspectiva puramente artística, es difícil encontrar razones para lo que es poco más que una traducción, casi una copia de la propuesta original. Que el procedimiento a cargo de Thomas Kail (director de Hamilton) sea competente es a esta altura una obviedad, pero lejos -casi en las antípodas- estamos de los proyectos más sorprendentes y audaces de la rica historia de la factoría Disney.
De hecho, uno podría hacer en esta crítica lo mismo que el estudio hizo con la película; es decir, un copy y paste de la sinopsis, de las caracterizaciones de los personajes, de los principales conflictos y de las escenas más espectaculares. Es que, en esencia, se trata de propuestas prácticamente calcadas, aunque los efectos son casi opuestos: todo lo que en el film animado de 2016 (que solo haya transcurrido una década también juega en contra) fascinaba y divertía, en esta remake con actores y actrices resulta mucho más forzado y artificial.
Dwayne Johnson, quien había prestado su voz para el egocéntrico, vanidoso y presumido semidiós Maui, regresa ahora con su imponente físico y aporta algunos aislados momentos de humor; la casi debutante Catherine Laga’aia ofrece cierta simpatía, se luce en algunas interacciones con “La Roca” y tiene un registro de voz muy similar al de Auli’i Cravalho (la voz de Moana en los dos films animados) como la adolescente de 16 años que deberá trascender los límites que le impone su bienintencionado pero miedoso -traumado- padre para salvar de la hambruna a la isla polinesia de Motunui, mientras que a nivel musical también se repite con pocos cambios la fórmula (aclaro que los críticos vimos la versión original con subtítulos que no es tan fácil de encontrar en medio de la marea de funciones dobladas). Pero, si no se perciben verdaderos hallazgos, hay algo aún peor en esta poco lograda remake: sus personajes “graciosos” (comic relief en la jerga profesional), el cerdito Pua y el gallo Heihei, son tan poco convincentes que me obligaron a poner las comillas precedentes.
¿Es entonces esta Moana modelo 2026 una vergüenza o un desatino? En absoluto, el despliegue visual es portentoso, las grandes secuencias en alta mar o con las islas del Pacífico que se desintegran y se recuperan gracias a maleficios e intervenciones de dioses conservan la espectacularidad, pero -quedó dicho- hay algo que se ha perdido en el camino. Es probable que para Disney siga siendo un gran negocio, pero para quienes hemos admirado durante décadas la capacidad de inventiva del mítico estudio de Hollywood este reciclaje tan profesional como mecánico deja gusto a poco.
DIEGO BATLLE. Otros Cines.
En todos los complejos.
“Evil Dead: En llamas”

La trilogía Evil Dead de Sam Raimi, con su mezcla de gore y humor negrísimo, fue clave para la formación cinéfila de quienes por entonces éramos adolescentes. Por eso, cuando se anunció el regreso de la franquicia dos décadas después del último film, incluso con el propio Raimi como productor, la primera reacción fue de escepticismo. Es cierto que ninguno de los tres largometrajes posteriores alcanzó el desenfado y el delirio de los originales, pero mantuvieron un nivel más que aceptable en todos los casos con directores no estadounidenses detrás de cámaras: el uruguayo Fede Alvarez, el irlandés Lee Cronin y ahora el francés Sébastien Vanicek.
Vanicek, quien en 2022 había sorprendido muy gratamente con su ópera prima La plaga: Vermin (Vermines), también coescribió el guion de esta película que tiene como protagonista a Alice (la suiza Souheila Yacoub, que ventía de trabajar con Gaspar Noé, Philippe Garrel, Rebecca Zlotowski, Cédric Klapisch y Denis Villeneuve), una joven francesa de pelo rosa suelta en Estados Unidos. Cuando William (George Pullar), su abusivo marido con el que regentea un restaurante, muere en un accidente automovilístico, deberá lidiar con la familia más que disfuncional del difunto (abuela con demencia, padres más que desagradables y un hermano cobarde).
Así planteadas las cosas, parecería que estamos analizando un drama intimista sobre el duelo y la culpa, pero -claro- estamos en el universo de Evil Dead y, entonces, todo lo que ocurre tiene un trasfondo sobrenatural, demoníaco, con el mentado Libro de los Muertos y los ataques de los Deadites como excusas para salpicar la pantalla con auténticos baños de sangre, vísceras que afloran de los cuerpos y cabezas decapitadas.
Que el guion no sea particularmente inspirado (buena parte del film transcurre dentro de una desvencijada casona en el medio de la nada como para que el eje del relato sea una lucha por defenderse como sea de los invasores), no impide que Vanicek ratifique su talento para la puesta en escena, virtuosas angulaciones y movimientos de cámara y un despliegue visual que no le hace asco (al contrario) a todos los excesos (in)imaginables que obligan a taparse la cara a cada rato.
Es cierto que en la comparación estas tres películas modernas lucen más industriales, menos artesanales, más calculadas, menos desfachatadas que las de Raimi, pero no hay por el momento intenciones de frenar la maquinaria: Evil Dead Wrath ya tiene previsto su estreno para abril de 2028.
DIEGO BATLLE. Otros Cines.
En Las Tipas, Cinemark, Cinépolis, Monumental y Del Centro.
“Dos pianos”

El cine de Arnaud Desplechin siempre ha sido profundamente musical. Sus escenas se entrecortan, como si balbucearan. Hay algo grácil en películas como Comment je me suis disputé… (ma vie sexuelle), Reyes y reina y Tres recuerdos de mi juventud. En Dos pianos, la cuestión del ritmo, de la musicalidad, deviene evidencia.
Los dos pianos a los que alude el título pueden ser los de Mathias (François Civil), intérprete virtuoso que ha regresado a Lyon tras recorrer el mundo dando recitales, y Elena (Charlotte Rampling), su mentora, que le ha convocado para que toque junto a ella en la que debería ser su despedida; pero también podrían ser otra cosa: la vida de Mathias, alejado durante años de su ciudad, y la de Claude (Nadia Tereszkiewicz), que se quedó en Lyon con su marido Pierre y con su hijo. De hecho, Dos pianos comienza con esos dos pianos sonando en paralelo: Mathias que regresa, Claude en su casa preparándose para una gala. Como sucedía en Reyes y reina, la película va introduciendo a cada a su turno, hasta que la partitura diseñada por Desplechin propone un encuentro: ella espera un ascensor, él sale, ella da media vuelta y se va, él se desmaya.
La primera parte de Dos pianos propone un misterio, en torno a qué pasó entre Claude y Mathias. Y también otro, en torno a un niño que Mathias ve caer en un parque, y que podría ser un recuerdo de él mismo. Sin embargo, aquí, lo fantasmagórico inserido en lo cotidiano (piedra de toque del cine del realizador francés) no se sostiene por mucho tiempo, ni el pasado de los personajes es tan misterioso como parece. La musicalidad de Desplechin está ahí, pero el tono es otro: si antes había un espacio para la comedia y para los personaje incapaces de gestionar sus vidas pero con una fuga hacia el humor, ahora es la afectación que ocupa ese lugar. La caída libre del personaje interpretado por François Civil tiene un tono dramático sin ambages, sin la fuga que podía haber en los melodramas protagonizados por Mathieu Amalric.
Dos pianos evidencia una querencia por la música, sobre todo en las escenas de Mathieu al piano, y sobre todo en su sentida interpretación de una pieza de Bach, que Desplechin registra con delicadeza, mientras el personaje acaricia el piano. La luz de Lyon, la textura de los planos y los movimientos de cámara hacen el resto: son propios de un cineasta que probablemente nunca deje de filmar como un maestro.
VIOLETA KOVACSICS. Otros Cines.
En Del Centro.
Fuente: Otros Cines.
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