
Veinte años entre una foto y otra.
Veinte años desde el primer gol de Leo en mundiales. De aquel 6 a 0 contra Bosnia y Herzegovina al que llegó como suplente, a los tres de anoche contra Argelia al que llegó como cabra total.
Veinte años y doscientos partidos de Leo con la selección para la que eligió jugar, aún teniendo posibilidades de representar a España.
Veinte años rompiendo récords, gritando goles y fabricando alegrías. Aunque antes, como en “Naranjo en flor”, hubo que saber sufrir: desde aquella frustración contra Alemania y el puchero porque Pekerman no lo había hecho entrar, a las finales perdidas y la impotencia que se convirtió en renuncia después de un penal errado contra Chile en una definición: “Esto no es para mí”.
Veinte años y doscientos partidos de Leo con la selección para la que eligió jugar, aún teniendo posibilidades de representar a España.
Veinte años en la carrera de un tipo que sumaba balones de oro pero era puteado en su propio país porque no cantaba el himno, al que silbaron en la Copa América porque un tiro libre se le había ido alto, al que se cansaron de decirle que era un fracasado y que no jugaba en la selección como lo hacía en el Barcelona, adonde ganaba todo.
Veinte años en la vida de Leo, un pibe que nació en la zona sur de Rosario y que cambió para siempre la historia del fútbol.

El mejor de todos los tiempos (Foto Red Boing: Luciano Bisbal)Ahora mismo en Bangladesh, Miami, Estambul o Japón, hay un chico que patea una pelota y sueña con ser Leo, hay alguien comprando una camiseta de la Argentina con un 10 y el apellido Messi en la espalda.
“Desde chiquito es esto lo que más me gusta, jugar al fútbol”, dijo en zona mixta al terminar el partido.
En un planeta con cientos de millones de humanos que aman jugar a la pelota, el tipo lo hace mejor que nadie. Y además, es su trabajo.
Leo y la rutina de lo extraordinario.
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