
Todos los años desde 1948, el Museo Metropolitano de Nueva York (MET) celebra a puertas cerradas, con invitaciones exclusivas pero a la vista de todos; uno de los eventos de arte y moda más importantes del mundo. Creado con el objetivo de recaudar fondos para el Instituto del Traje del MET, hace más de 70 años que el evento es un símbolo de prestigio y exclusividad.
Presidida desde 1995 por Anna Wintour, la mítica editora en jefe de la revista Vogue; en quien se inspiró el personaje de Miranda Prestley en el libro Devil Wears Prada (El Diablo Viste a la Moda); inmortalizada en la gran pantalla por Meryl Streep; la MET Gala reúne (o al menos reunió hasta ahora) el jet set mundial, macerando con astucia la mixtura perfecta entre farándula, política y millonarios.
Es histórico el enfrentamiento que mantuvo Anna Wintour con Donald Trump, a quien repetidamente le negó la entrada e incluso rechazó sus donaciones. Antecedentes que cayeron por tierra en este 2026, cuando un hombre cercano al presidente de los Estados Unidos logró “comprar” la MET Gala para su esposa por la módica suma de 10 millones de Dólares. Circunstancia que coincide con la abdicación de Anna Wintour como cabeza de Vogue Estados Unidos y el debut en la escena mundial de su sucesora: Chloe Malle a quien se la sindica como la principal responsable de los cambios de este año.
El magnate dueño de Amazon, Jeff Bezos y su esposa Lauren Sanchez Bezos se convirtieron en los principales patrocinadores y coanfitriones de la noche más exclusiva de la moda, cuya inversión les valió su nombre en la invitaciones y, asimismo, generó una gran polémica en torno al evento.

Arengas de boicot, marchas y publicaciones en contra del empresario fueron parte de la antesala de la velada, que culminó en una de las noches menos memorables de la MET Gala, con escasa creatividad en los vestuarios y una visible falta de entusiasmo generalizada, lo que derivó en una nueva hipótesis: ¿estamos frente al fenómeno del Taste Washing?
Esta novel definición haría referencia a aquello que aparenta buen gusto pero en realidad no tiene nada que se le parezca, lo que se presenta como lo deseable; imagen de elegancia y refinamiento, pero no es más que mal gusto recubierto de dinero, mucho dinero.

Además habría una razón mucho más ilegítima, siendo Jeff Bezos la representación del empresario despiadado y deshumanizado, que explota trabajadores en pésimas condiciones laborales, contamina el medioambiente, denosta la empatía como vehículo de socialización y se encuentra completamente desprovisto de responsabilidad social empresaria; adueñarse de un evento cultural y artístico de semejante magnitud sería uno de los mecanismos empleados para lograr legitimación cultural y mitigar la visión extractivista que la sociedad tiene de él.
Mientras la tecnología, la inteligencia artificial y los modelos de negocio salvajes destruyen la esencia misma de la humanidad y reemplazan millones de puestos de trabajo, pregonando una visión utilitarista del ser humano; paralela y estratégicamente los dueños del joystic se “disfrazan” de comprometidos con el arte y la cultura, las creaciones más esencialmente humanas e irremplazables que existen.
Más temprano que tarde, todo tiene precio pero ¿todo se puede comprar?
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