
Hoy resulta imposible imaginar a una selección viajando en barco durante dos semanas para disputar una Copa del Mundo. Mucho menos en futbolistas entrenando en una cubierta, compartiendo camarotes con pasajeros y cruzando el Atlántico con apenas días de margen antes del debut. Sin embargo, eso ocurrió en 1930.
La historia del primer Mundial organizado en Uruguay trae consigo un viaje extraordinario desde Europa. Un recorrido de más de 11 mil kilómetros a bordo del transatlántico italiano “Conte Verde”, el barco que trasladó a las selecciones de Francia, Rumania y Bélgica, además de árbitros, dirigentes y al presidente de la FIFA, Jules Rimet, quien llevaba consigo el trofeo que recibiría el campeón.

La travesía comenzó el 20 de junio de 1930. Ese día, el “Conte Verde” partió desde Génova rumbo a Montevideo. A bordo ya viajaba la selección rumana, impulsada directamente por el rey Carol II, principal responsable de que el equipo participara del torneo. El monarca no solo financió el viaje, sino que incluso intervino para evitar que varios futbolistas fueran despedidos de la compañía petrolera inglesa en la que trabajaban, ya que debían ausentarse durante casi tres meses.
El barco realizó luego una escala en Villefranche-sur-Mer, en Francia. Allí subieron la delegación francesa, tres árbitros y Jules Rimet, presidente de la FIFA y uno de los grandes impulsores del Mundial. Rimet llevaba en una valija la copa dorada diseñada por el escultor Abel Lafleur, conocida inicialmente como “Victoria” y rebautizada años después como Copa Jules Rimet.

La siguiente parada fue Barcelona, el 22 de junio, cuando el “Conte Verde” arribó incluso una hora antes de lo previsto. El muelle ya estaba preparado y rápidamente comenzó a reunirse una multitud de periodistas para observar la llegada. En ese lugar, embarcó la selección de Bélgica junto a otro árbitro.
El viaje de las selecciones duró aproximadamente 15 días y se desarrolló con tranquilidad. Los jugadores aprovechaban los espacios disponibles para mantenerse en forma, aunque las limitaciones eran claras. No había lugar para grandes corridas ni prácticas tácticas complejas.
Mientras tanto, Yugoslavia emprendía una travesía paralela. Como el “Conte Verde” ya estaba completo cuando confirmaron su participación, los yugoslavos partieron desde Marsella a bordo del vapor “Florida”, luego de un viaje en tren de tres días.
Egipto, que iba a convertirse en el único representante africano del torneo, debía unirse a ellos, pero una tormenta retrasó su embarcación y perdió la conexión. El “Florida” partió sin los egipcios y el Mundial quedó reducido a 13 equipos.

El francés Lucien Laurent, autor del primer gol en la historia de los Mundiales, recordó años después cómo eran aquellos entrenamientos improvisados sobre la cubierta. “Simplemente corríamos por el barco todo el tiempo. Hacíamos estiramientos, saltos, subíamos escaleras, levantábamos pesas. También había una piscina. Era como un campamento de vacaciones”, contó.
Los rumanos también dejaron testimonios de aquella experiencia. El capitán Rudolph Wetzer recordó los incómodos viajes previos hasta Génova y las largas horas en el barco: “Los asientos eran horribles, los bancos de madera se nos clavaban en los huesos. Pero valió la pena”. En otro fragmento de su diario personal, resumió el espíritu de la travesía con una frase que quedó para la historia: “Solo tiramos un balón al agua”.

El Mundial comenzó nueve días después, el 13 de julio, con cuatro selecciones europeas presentes: Francia, Bélgica, Rumania y Yugoslavia. El resto de los participantes provenían del continente americano: Argentina, Brasil, Bolivia, Chile, Estados Unidos, México, Paraguay, Perú y Uruguay.
Ocho semanas antes del inicio del torneo todavía no había equipos europeos confirmados. Inglaterra había rechazado la invitación, mientras que Alemania e Italia decidieron no participar. Francia aceptó por la presión de Jules Rimet; Bélgica, por la insistencia del vicepresidente de FIFA Rudolf Seedrayers; Rumania, por decisión directa del rey Carol II; y Yugoslavia, gracias a las gestiones de su federación ante el gobierno.
El desgaste del viaje pareció pesar dentro de la cancha. Bélgica perdió sus dos encuentros, mientras que Francia y Rumania apenas consiguieron una victoria cada uno. El único europeo que logró avanzar fue Yugoslavia, aunque cayó contundentemente 6-1 frente a Uruguay en semifinales.
Detalles y el final trágico del barco.
El “Conte Verde” era uno de los transatlánticos más lujosos de la época. Había sido construido por los astilleros escoceses William Beardmore & Co. de Glasgow para la naviera italiana Lloyd Sabaudo, dentro de un ambicioso proyecto conocido como “Los Cuatro Condes”, integrado también por los barcos “Conte Rosso”, “Conte Biancamano” y “Conte Grande”.
Inaugurado oficialmente en abril de 1923, el “Conte Verde” tenía 170 metros de longitud, desplazaba más de 18 mil toneladas y podía transportar cerca de 2.400 pasajeros distribuidos en tres clases. Contaba con lujosos salones decorados por artistas italianos traídos especialmente desde Florencia, bibliotecas de estilo renacentista y grandes escalinatas ornamentadas que evocaban a los antiguos palacios italianos.

Su nombre homenajeaba a Amadeo VI, el Conde Verde de Saboya, y tenía como ruta habitual los viajes entre Europa y Sudamérica. Antes del Mundial ya había realizado múltiples viajes hacia Buenos Aires y otros puertos americanos.
El 29 de junio de 1930 el barco llegó a Río de Janeiro, donde se incorporó la selección brasileña. Luego de una breve escala en Santos, el “Conte Verde” finalmente arribó a Montevideo el 4 de julio. En el puerto uruguayo, unas 10 mil personas recibieron a las delegaciones europeas.
Durante la Segunda Guerra Mundial, el barco también fue utilizado para intercambios de civiles estadounidenses, canadienses y japoneses retenidos por el conflicto. Finalmente, luego de varios ataques aéreos estadounidenses, quedó destruido en 1945 y fue desguazado pocos años después.
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