Dólar

Dólar Oficial:$1445 / $1495
Dólar Blue:$1510 / $1530
Dólar Bolsa:$1501.6 / $1501.6
Dólar Contado con liquidación:$1545.7 / $1545.7
Dólar Mayorista:$1469 / $1478
Todo Show

“Supergirl” y “Jackass” llegan junto a otros tres estrenos

La última semana de junio, y en la previa de las vacaciones de invierno, se va terminando de completar la cartelera infantil y adolescente con varios títulos acorde a la fecha.

Tras el moderado éxito de crítica y público conseguido hace un año por la Superman de James Gunn (68/100 en el promedio del agregador Metacritic, casi 620 millones de dólares de recaudación en cines a nivel global, 590.000 espectadores en Argentina), película en la que la Kara Zor-El de Milly Alcock ya aparecía brevemente, ahora Supergirl tiene su propio largometraje dentro del DCU, el universo de DC concebido por Gunn que necesita nutrirse de spin-offs y de films paralelos a los de sus principales personajes. También llega la última -¿última?- de “Jackass”, “Leviticus ritual de sangre”, la francesa “Los colores del tiempo”, y un animé: “Bleach: Thousand Year War The Calamity”. Aquí una selección de reseñas para elegir que ir a ver al cine. Porque el cine se ve en el cine.

“Supergirl”

Mientras miraba Supergirl sentía que nada estaba del todo mal, pero tampoco nada demasiado bien, que todo era bastante previsible; que las escenas en las cantinas parecían remedos de Star Wars; que algunas rutinarias secuencias de batallas lucían más cercanas al espíritu y la impronta del MCU de Marvel o de la saga de Mad Max; que los aportes muy secundarios del Superman de David Corenswet (aquí en plan de primo sobreprotector) eran meras justificaciones para la continuidad y desarrollo del DCU; que el Krem of the Yellow Hills, líder de los Brigands encarnado por Matthias Schoenaerts, englobaba todos los estereotipos de los villanos del cine basado en cómics; y que Lobo, el cínico mercenario, cazador de recompensas y comic relief de Jason Momoa, podría haber sido aún más y mejor explotado si la idea es que en algún momento tenga su film propio.

El inicio de esta película del todoterreno Craig Gillespie (el australiano dirigió desde Lars y la chica real hasta Yo, Tonya, pasando por Noche de miedo, Un golpe de talento, Horas contadas, Cruella, El poder de los centavos y la miniserie Pam & Tommy) nos muestra a la antiheroína “perfecta”: Kara (la también australiana Milly Alcock) se ha radicado en un planeta bien lejano a la Tierra donde a sus flamantes 23 años pasa más tiempo borracha en bares o con resaca en su pocilga que sobria. Sin embargo, cuando debe salvar a su querido perro Krypto (el cruel Krem posee el único antídoto para salvarlo tras haberlo envenenado) y se decide ayudar a Ruthye Marye Knoll (Eve Ridley), una joven que ha quedado huérfana y está obsesionada con vengarse (sí, de Krem), recuperará su espíritu de lucha, su ingenio y sus poderes.

Ninguno de los personajes está suficientemente desarrollado ni tiene matices que los hagan demasiado atractivos. En el caso de Kara, habrá un flashback que nos explicará algo de la situación de sus padres (el científico Zor-El interpretado por David Krumholtz y la madre Alura In-Ze a cargo de Emily Beecham) en la ciudad kryptoniana de Argo, pero también ese recurso resulta meramente didáctico y bastante superficial.

El guion de una Ana Nogueira que llegaba con muy escasos antecedentes en la materia propone protagonistas femeninas de armas tomar y golpes dar, cierta impronta feminista (se lucha contra una red de trata y explotación de jovencitas) y hasta el uso de bandas y solistas con voces femeninas como Wet Leg (Catch These Fists), Wolf Alice (Smile), Hana Vu (Care) y Rilo Kiley (Silver Lining) para varias de las escenas más destacadas, pero aun con esas búsquedas Supergirl nunca supera la media, el promedio, los esquemas más básicos y elementales del cine de superhéroes/heroínas. Una más. Una menos.

DIEGO BATLLE. Otros Cines.

En Las Tipas, Cinemark, Cinépolis, Monumental y Del Centro.

“Jackass: La última y nos vamos”

Quinta entrega de “Jackass”. Johnny Knoxville y el resto del grupo regresan a la gran pantalla para una última y definitiva aventura. Con acrobacias completamente nuevas, junto a algunos de los momentos más inolvidables y las carcajadas más memorables del pasado, es una celebración salvaje y desenfrenada del espíritu gamberro y la camaradería que han definido a la saga durante más de 25 años.

En Las Tipas, Cinépolis y Del Centro.

 

“Bleach: Thousand-Year Blood War – The Calamity”

La Guerra Sangrienta de los Mil Años entra en su etapa decisiva. Mientras la destrucción amenaza con consumirlo todo, los Soul Reapers y los Quincies se preparan para el enfrentamiento final. Yhwach avanza hacia el Palacio Real y el destino de Ichigo, sus aliados y la Sociedad de Almas queda al borde del colapso. En The Calamity, comienza el cierre definitivo de una de las sagas más esperadas del anime moderno, con los primeros episodios de la temporada final presentados como evento especial en cines.

En Cinemark y Cinépolis.

“Leviticus: ritual de sangre”

El Outback australiano adquiere una dimensión concreta y material en la bíblica Leviticus: ritual de sangre. Ya no es un espacio donde el fantástico está sugerido por la tensión entre el colonialismo y las raíces originarias, como en películas claves del Nuevo Cine Australiano tales como Walkabout (1971) del inglés Nicolas Roeg, o Picnic en las rocas colgantes (1975), del célebre Peter Weir, o incluso Summerfield (1977) de uno de los mejores secretos de aquella tradición como Ken Hannam. Aquel renacimiento de ese cine insular en los 70 tensó las fronteras entre lo real y lo sobrenatural, usando los espacios abiertos, las extensiones desérticas y los misterios de ese centro incandescente de la isla como el mejor alimento de los miedos atávicos. El terror que hoy llega desde Australia -y que comparten otros directores como Jennifer Kent y Danny y Michael Philippou- recupera aquellas coordenadas para sembrar nuevos temores -al deseo adolescente, al desafío de los mandatos de orden y control disciplinador-, y para entender la búsqueda del amor como anhelo humano irrenunciable.

El director Adrian Chiarella sitúa la acción en un pueblo de la región de Victoria al que acaban de mudarse Naim (Joe Bird) y su madre Arlene (Mia Wasikowska), deseosa de regresar a la enseñanza cristiana que forjó su origen. Para Naim, en cambio, las cosas no resultan fáciles: no puede conectar con nadie en el lugar y el pueblo se reduce al colegio y la cerrada comunidad religiosa en la que su madre encuentra consuelo y refugio. El encuentro con Ryan (Stacy Clausen) en el molino abandonado resulta toda una sorpresa, y la inquietante naturaleza que asedia en el camino solitario los extravía primero en la complicidad y luego en el imprevisto deseo. Pero no tardará en llegar la advertencia para los incautos herejes: los celos de Naim habilitan la llegada de un misterioso sanador y un ceremonial de purificación asegura extirpar el deseo como forma rectora de normalización.

Las estrategias de Chiarella son sencillas y al mismo tiempo reveladoras. No necesita de golpes de efecto -salvo la escena del inicio en una pileta comunitaria donde una ducha sugerente culmina en un baño de sangre- o recursos demasiado alambicados para sembrar el horror en la mente de Naim, es algo que siempre estuvo ahí, latente, inoculado. Sobre eso conocido es sobre lo que opera la película, situando el “Mal” en aquello cercano y amado que al mismo tiempo debe ser desterrado. Y allí encuentra su mejor conexión con el Outback ominoso que latía en los clásicos de los 70: la conciencia de que era una verdad silenciada la que regresaba, ya fuera la de las raíces nativas o la de una sexualidad suprimida. Por ello son pocos los recursos del terror tradicional: la visita a una joven que padeció la misma maldición y está recluida en un loquero; una oreja herida y ensangrentada que puede ser el signo de una pasión malsana; la travesía para encontrar al artífice del ritual de conversión. Todos terminan sin respuestas, sin epifanías, sin resoluciones tranquilizadoras.

Lo que explora en verdad Leviticus… es ese horror a uno mismo que puede asomar en la imagen del otro, que en el propio Naim propulsa la delación y luego el insistente rescate. El diseño de las escenas claves, con sus chimeneas humeantes de fondo, sus ambientes inhóspitos y solitarios, incluso sus imprevistas humoradas surgidas de la indiferencia y el desinterés de los habitantes locales, consigue revelar en la mirada lo que ya estaba allí, imperceptible, como presencia ominosa, dejando en el rabillo del ojo un sobresalto latente que, aun con el susto, puede liberarnos.

Paula Vázquez Prieto. La Nación.

En Cinépolis.

 

“Los colores del tiempo”

En la actualidad unas 30 personas de una misma familia son convocadas por representantes de un ayuntamiento para informarles que han heredado una centenaria casona en Normandía abandonada por completo desde 1944 que los autoridades están dispuestas a comprar para extender una zona comercial. Cuatro de ellos, primos lejanos entre sí, reciben el encargo de constatar el estado del lugar y de hacer el inventario de las pertenencias. Varias zonas del lugar han quedado reducidas a ruinas, pero en las paredes cuelgan fotos y pinturas de un pasado que llama la atención de los visitantes y los entusiasma para ahondar en la historia de sus antepasados.

Seb (Abraham Wapler), un joven creador de contenidos digitales que funciona como protagonista de la subrama contemporánea del relato; el apicultor Guy (Vincent Macaigne), un maestro de Literatura de un colegio secundario llamado Abdelkrim (Zinedine Soualem) y Céline (Julia Piaton), una ingeniera con una visión disruptiva de la tecnología, se fascinan especialmente por el caso de Adèle (Suzanne Lindon), una veinteañera que en 1895 abandona su pueblo rural en Normandía para probar suerte en París y saber quiénes fueron sus padres.

Esa joven de provincia se topará con conflictos y situaciones familiares bastante inquietantes, pero también se deslumbrará frente a una ciudad en plena revolución industrial y cultural, justo cuando se inventaba la fotografía y nacía el impresionismo, un movimiento de ruptura en el arte (hay varios actores de renombre interpretando a personajes famosos de aquella época).

Klapisch propone un relato pendular que salta de 1895 a 2025 y viceversa, pero en determinado momento ambos tiempos irán confluyendo a partir de recursos y justificaciones que es mejor no revelar. Entre el drama de época, la comedia costumbrista, una historia de amor y una reflexión sobre la memoria, la identidad y la importancia de recuperar los orígenes de nuestros antepasados para entender el presente, el director y su ecléctico (y sólido) elenco consiguen una película ligera, algo superficial (porque quizás intenta abarcar demasiadas vertientes), pero siempre encantadora.

DIEGO BATLLE. Otros Cines.

En Del Centro.

Fuente: Otros Cines, La Nación.

Comentarios

5