
En el mundo existen dos tipos de historias, las que te acordás porque las viviste y las otras son aquellas historias que aprendiste. El 11 de septiembre es parte, para mí, de la segunda categoría.
Se cumplen 25 años de ese día. Ya pasaron veinticinco años desde que cuatro aviones fueron secuestrados por 19 integrantes de Al Qaeda y fueron utilizados para ejecutar uno de los atentados terroristas más letales de la historia. Dos impactaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center, otro contra el Pentágono y el cuarto terminó estrellándose en Pensilvania después de que pasajeros y tripulantes intentaron recuperar el control del avión. Murieron 2.977 personas.
Yo no vi nada de eso.cNi siquiera había nacido.
Nací el 13 de agosto del 2003, casi dos años después de que las fotos de Nueva York cubierta de humo recorrieran el mundo entero. Cuando las torres gemelas cayeron, yo todavía ni existía. No tengo un recuerdo propio del día, no puedo decir que estaba haciendo cuando los medios nacionales contaron la noticia o que sentí al ver los videos del impacto.
Mi memoria con el 11-S empezó mucho tiempo después, cuando ese día ya formaba parte de la historia, de los documentales, de las películas y de esas típicas conversaciones de adultos que dicen: “yo me acuerdo en donde estaba ese día”.

Durante años simplemente fue una fecha más del calendario. Pero después se convirtió en un punto clave del calendario que marcaba historia.
Siempre me interesaron las películas y las series basadas en hechos reales. Primero aparecieron las grandes historias que ya conocía de nombre: la Primera Guerra Mundial, la Segunda Guerra Mundial, los conflictos políticos, los gobiernos, las personas que tomaron decisiones capaces de cambiar el rumbo de millones de vidas. Y cuanto más crecía, más curiosidad me generaba todo lo que había sucedido antes de que yo llegara al mundo.
Empecé a leer. A mirar documentales. A buscar nombres. A tratar de entender cómo habían empezado determinados conflictos y, sobre todo, cómo habían terminado.
Ese es el momento exacto en donde aparece un día y un lugar: 11/09/2001, World Trade Center.
Las primeras historias que me encontré eran como todas las demás, un hecho, un desenlace, fotos conocidas y testimonios. Pero cuanto más conocía, más difícil me resultaba entender que todo hubiera sucedido en unas pocas horas.
Porque el 11 de septiembre no fue solamente el momento en el que dos edificios se derrumbaron frente a las cámaras de televisión. Fue una operación coordinada en la que un grupo reducido de terroristas secuestraron cuatro aviones comerciales. Fue un ataque contra símbolos políticos, económicos y militares de Estados Unidos. Y fue también el comienzo de una transformación que se extendió mucho más allá de Nueva York.
Eso fue lo que más me impactó, y al mundo también. La dimensión de la planificación.
Cuando uno mira las fotos de las Torres Gemelas, puede quedarse con el impacto visual. El humo, las personas corriendo, las torres cayendo, Manhattan cubierto de polvo. Pero detrás de esas imágenes hubo meses y años de preparación, una organización terrorista, una estructura capaz de coordinar simultáneamente cuatro secuestros y una estrategia pensada para provocar algo que excediera por completo a los edificios atacados.

Y consiguieron lo que querían, sembraron el miedo no solo en Estados Unidos, sino que en el mundo. Lograron que todo cambiara a partir del 11 de septiembre.
Cambió la política exterior de Estados Unidos. Cambió la forma de hablar sobre terrorismo. Cambió la seguridad aeroportuaria. Cambió la manera en la que los pasajeros se relacionan con un aeropuerto.
Hay cosas que hoy hacemos sin preguntarse demasiado por qué.
Inconscientemente sabemos que no podemos tener líquidos en una mochila si estamos en un aeropuerto. Resulta totalmente normal pasar por controles de seguridad de todo tipo, tener que sacarnos objetos específicos para pasar por los escáneres. Mostrar documentación antes de subir a una aeronave.
La Administración de Seguridad en el Transporte de Estados Unidos, la TSA, nació precisamente a partir de esa transformación: la Aviation and Transportation Security Act fue aprobada en noviembre de 2001 y creó la agencia que posteriormente asumió la seguridad de los pasajeros y del sistema de transporte aéreo estadounidense. Con los años se incorporaron nuevas tecnologías, controles, sistemas de identificación y procedimientos para detectar explosivos y otras amenazas.
Es raro verlo desde el punto de vista de mi generación. Crecí con todo eso incorporado, siendo totalmente lógico que esté ahí.
Para mí, un aeropuerto siempre tuvo controles. Siempre hubo determinadas cosas que no se podían llevar en el equipaje de mano. Siempre hubo que pasar por un control antes de llegar a la puerta de embarque.
Pero no siempre fue así.
Y entender eso fue una de las cosas que hizo que el 11-S dejara de ser solamente una historia que había ocurrido en Nueva York y empezara a sentirse mucho más cerca.
Porque probablemente una de las formas más evidentes de medir el impacto de un acontecimiento histórico es preguntarnos qué cosas hacemos hoy que antes no hacíamos.
El 11-S también tiene otra particularidad que siempre me llamó la atención: su historia no terminó ese día.

Cuando yo tenía ocho años, la historia seguía abierta.
El 2 de mayo de 2011, Estados Unidos anunció la muerte de Osama Bin Laden, fundador y líder de Al Qaeda, durante una operación en Abbottabad, Pakistán. Habían pasado casi diez años desde los atentados.
Es decir que, aunque yo nací después del ataque, durante mis primeros años de vida todavía se estaba escribiendo una parte fundamental de sus consecuencias.
Eso también me resulta difícil de dimensionar.
El 11-S empezó antes de que yo existiera y una parte de esa historia terminó cuando yo ya estaba en la escuela.
Entre una fecha y otra pasaron guerras, decisiones políticas, operaciones militares, cambios en la seguridad internacional y una persecución que terminó con la muerte de uno de los hombres más buscados del mundo.
Y después, la historia siguió. Justamente por eso me cuesta pensar en el 11-S solamente como un acontecimiento del pasado.
Se cumplen 25 años. Para muchas personas, son 25 años desde un día que pueden recordar minuto a minuto. Para otras, especialmente para quienes nacimos después, son 25 años de una historia que heredamos, que aprendimos.

Una historia que conocemos por fotografías que se convirtieron en símbolos. Por testimonios de personas que estuvieron ahí. Por documentales. Por películas. Por libros. Por nombres que aprendimos mucho después.
El propio Memorial del 11 de septiembre reconoce esa distancia generacional: estima que unos 100 millones de estadounidenses que viven actualmente son demasiado jóvenes para recordar aquel día. En 2026, el objetivo de las conmemoraciones también está puesto en que las nuevas generaciones puedan conocer lo que ocurrió y comprender su impacto.
Y quizás ahí está la razón por la que, después de tantos años, el caso todavía me genera tanta curiosidad.
Porque yo no recuerdo las Torres Gemelas antes de caer. No me acuerdo del mundo antes del 11 de septiembre.
No puedo comparar cómo era viajar en avión antes de ese día ni puedo recordar cómo reaccionaron las personas cuando vieron las primeras imágenes. Todo lo que sé de aquella mañana lo conocí después. Lo reconstruí a través de imágenes, testimonios, documentales, películas, libros y, sobre todo, preguntas.
¿Qué pasó? ¿Cómo fue posible? ¿Cómo se pudo planificar algo así? ¿Qué hizo que un grupo de personas pudiera llevar adelante una operación de semejante magnitud?
Pero con el tiempo entendí que reconstruir el 11-S también significa reconstruir todo lo que vino después.
Porque la muerte de Osama Bin Laden, en 2011, no significó la desaparición del terrorismo. Al Qaeda siguió activa y vinculada a distintos atentados y grupos afiliados en diferentes partes del mundo. Y después aparecieron otras organizaciones que volvieron a demostrar que eliminar a un líder no necesariamente significa eliminar una estructura, una ideología o una amenaza.
El mundo había cambiado, pero no tanto como quizás se quería creer.

Después del 11-S llegaron otros atentados. Otras ciudades quedaron marcadas por explosiones, tiroteos y ataques contra civiles. Aparecieron nuevas organizaciones terroristas y nuevas formas de violencia. El nombre de Al Qaeda perdió parte del protagonismo que había tenido durante los primeros años posteriores al atentado, pero el terrorismo internacional encontró otras maneras de mantenerse presente.
Y ahí aparece otra parte de esta historia que también me resulta inquietante: la memoria.
Porque recordar el 11 de septiembre puede significar recordar a las casi 3.000 personas que murieron, reconstruir sus historias, acompañar a sus familias y tratar de entender el impacto que aquel día tuvo sobre millones de personas.
Pero esa misma memoria también puede ser utilizada para lo contrario.
Las imágenes de las Torres cayendo, los aviones impactando contra los edificios y las consecuencias de aquel ataque no solamente quedaron como un registro histórico. También fueron utilizadas por quienes buscaron reivindicar, glorificar o reproducir la violencia de sus autores. El atentado quedó instalado en la memoria colectiva no solamente como una tragedia, sino también como un acontecimiento que organizaciones extremistas y propagandistas intentaron convertir en símbolo.
Tal vez esa sea una de las cosas más difíciles de aceptar: que incluso una tragedia puede ser disputada.
Están aquellos que recuerdan para homenajear. Hay quienes recuerdan para aprender. Y aquellos que recuerdan para reivindicar aquello que ocurrió.
Por eso, pienso en todo lo que vino después del atentado.

En los controles de los aeropuertos que hoy forman parte de nuestra rutina. En las guerras que se justificaron o se desarrollaron bajo la idea de combatir al terrorismo. En las organizaciones que surgieron o se fortalecieron. Los atentados continuaron ocurriendo incluso después de que el hombre que fue el principal responsable del 11-S fuera encontrado y asesinado.
Pienso también en mi propia generación.
Nosotros no vimos caer las torres. No vimos las imágenes en vivo. No tuvimos que esperar frente a un televisor para saber qué estaba pasando. Cuando nacimos, las Torres Gemelas ya no estaban y el 11-S ya formaba parte de la historia.
Pero nacimos en sus consecuencias. Y cuanto más conozco esa historia, más entiendo que estudiar acontecimientos como el 11-S no significa solamente mirar hacia atrás. También significa mirar alrededor.
Porque hay hechos que terminan cuando terminan las noticias y otros que siguen viviendo durante décadas en las decisiones que tomamos, en las medidas de seguridad que aceptamos, en los conflictos que empiezan y en las amenazas que aparecen después.
El 11 de septiembre de 2001 terminó hace 25 años. Pero el mundo que dejó todavía está acá.
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