
A casi un mes del impactante accidente que se viralizó en las redes sociales, la víctima del desprendimiento de un ventanal en el barrio porteño de Palermo decidió romper el silencio. El hecho ocurrió el pasado 13 de diciembre, cuando un panel de vidrio cayó desde un cuarto piso en un edificio de la calle Ciudad de la Paz al 300, impactando directamente sobre la mesa donde Pablo disfrutaba de una comida. Hoy, en pleno proceso de recuperación en este inicio de 2026, el hombre asegura que estar vivo es un milagro que todavía no termina de procesar.
Las consecuencias físicas del impacto fueron severas. Según confirmaron fuentes del SAME, el hombre sufrió traumatismos cortantes profundos en el cráneo y en el antebrazo izquierdo. “Me dieron 30 puntos en la cabeza y se me cortó un tendón del brazo, por lo que tuvieron que operarme de urgencia”, detalló la víctima. Aunque los médicos del Hospital Pirovano descartaron el riesgo de vida en el momento, el camino de la rehabilitación recién comienza.
Un día a día con limitaciones
La vida cotidiana de Pablo dio un giro de 180 grados. Empleado administrativo de profesión, actualmente se encuentra con licencia médica y depende de su familia para las tareas más básicas. “No es nada fácil. Tengo que arreglármela con un solo brazo y hasta para cortar la comida me tienen que ayudar”, confesó con angustia. El dolor de cabeza es una constante que lo acompaña desde aquel mediodía de diciembre y los médicos siguen de cerca su evolución neurológica.
El reclamo por la seguridad
El testimonio de Pablo pone el foco nuevamente en el mantenimiento de las fachadas en la Ciudad de Buenos Aires. “Podría haber muerto directamente o perdido el brazo. Ahora lo cuento porque la suerte estuvo de mi lado, pero esto terminaba en el Cementerio de la Chacarita”, sentenció.
Mientras la justicia investiga las responsabilidades del consorcio del edificio por la falta de mantenimiento del balcón, Pablo se concentra en recuperar la movilidad de su mano. La imagen del vidrio estallando sobre su cabeza quedó grabada en las cámaras de seguridad y en la memoria de los vecinos de Palermo, como un recordatorio brutal de lo que puede suceder cuando la desidia se cruza con la rutina de un almuerzo cualquiera.
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