
La guerra de Rusia contra Ucrania también se libra dentro de las escuelas. El gobierno de Vladimir Putin convirtió la educación en una herramienta para transmitir patriotismo, reivindicar las acciones militares del país y construir desde edades tempranas una determinada visión sobre la historia y el conflicto actual.
Uno de los ejemplos más gráficos ocurrió en octubre de 2024, durante una actividad escolar en la ciudad de Vladimir. Frente a estudiantes de noveno grado, un militar habló sobre sus experiencias en combate. Cuando un alumno le preguntó qué había sentido al cometer su primer asesinato, el docente intervino para corregirlo: “Esto no son asesinatos. Esto es la guerra”.
El oficial respondió explicando que en el campo de batalla se busca destruir a la fuerza enemiga y que un soldado puede disparar sin saber si su objetivo murió o quedó herido. Solo determinadas armas, como un lanzagranadas, permiten tener certeza sobre el resultado.
La escena formaba parte de las denominadas “Lecciones de Coraje”, encuentros que comenzaron a extenderse por las instituciones educativas rusas después de la invasión de Ucrania. Allí, integrantes de las Fuerzas Armadas visitan a los estudiantes, cuentan sus experiencias y, en algunos casos, muestran cómo utilizar drones.
Una educación cada vez más ligada al Estado
El cambio no se limita a actividades aisladas. El Kremlin avanzó sobre los contenidos escolares mediante un programa educativo federal que busca establecer una formación común para los estudiantes de todo el país.
Putin planteó la necesidad de construir un “sistema educativo soberano” y convirtió la influencia sobre las nuevas generaciones en una cuestión estratégica. Desde 2022, las escuelas deben aplicar contenidos destinados a transmitir conocimientos sobre las “hazañas militares” y los logros de Rusia.
La mayoría de las propuestas abordan figuras de la ciencia, la cultura, el deporte o la naturaleza. Sin embargo, también aparecen contenidos relacionados con la historia militar rusa y con la guerra. Entre ellos figuran clases tituladas “Rusia: una nación de vencedores” y contenidos sobre la anexión de Crimea.
En los cursos superiores, además, se plantea una interpretación del conflicto con Ucrania que vincula la guerra actual con la Segunda Guerra Mundial y responsabiliza a Occidente por su continuidad debido al envío de armas a Kiev.
El regreso de la preparación militar
La militarización de la educación también llegó a las materias prácticas. El gobierno ruso volvió a incorporar la “Preparación Militar Inicial”, una materia de tradición soviética orientada a familiarizar a los estudiantes con conocimientos vinculados a la actividad castrense.
A esto se suman organizaciones juveniles patrocinadas por el Estado. Yunarmiya, por ejemplo, enseña desde los ocho años actividades como marchas y disciplina militar y asegura contar con alrededor de dos millones de integrantes.
También existe el Movimiento del Primero, creado en 2022 como una organización juvenil de alcance nacional. Su funcionamiento busca recuperar parte de la estética de las organizaciones juveniles soviéticas, aunque quienes trabajan allí reconocen dificultades para explicar a los chicos cuál es el objetivo concreto del grupo.
En otros casos, la formación militar aparece fuera de las instituciones públicas. En Irkutsk, el centro infantil Sarma, creado por un veterano de la guerra de Chechenia, trabaja con chicos que presentan problemas de conducta y utiliza disciplina y entrenamiento de carácter militar como parte de su metodología.

Padres y docentes buscan esquivar los contenidos
Pero la expansión de estos programas no significa necesariamente que hayan conseguido generar entusiasmo entre los estudiantes.
Según testimonios recogidos por medios independientes rusos, muchos alumnos consideran estas actividades aburridas. Algunos padres incluso permiten que sus hijos no concurran a las “Conversaciones sobre temas importantes”. Un abogado de los Urales aseguró que su hijo fue exceptuado y que no conocía casos de estudiantes sancionados por ausentarse.
También existen docentes que directamente no toman en serio los contenidos. Una profesora de química identificada como María contó que, en algunas ocasiones, permite que sus alumnos utilicen esas horas para completar tareas de otras materias.
Para algunos padres y especialistas, el efecto puede ser incluso contrario al buscado por las autoridades. En lugar de producir una adhesión genuina, la distancia entre lo que los profesores deben transmitir y lo que realmente piensan puede enseñar a los estudiantes a simular que creen en un discurso oficial.
Un padre de los Urales lo resumió como una enseñanza involuntaria: los chicos pueden terminar percibiendo que mentir o fingir forma parte de las reglas aceptadas por la sociedad.
Menos apertura internacional y más “valores tradicionales”
La transformación también afecta áreas que no están directamente relacionadas con la guerra.
Los intercambios educativos con Europa prácticamente desaparecieron y el Bachillerato Internacional fue prohibido en Rusia al ser incluido entre las organizaciones consideradas indeseables por las autoridades.
El aprendizaje de idiomas extranjeros también perdió espacio dentro del sistema educativo. En paralelo, el gobierno incorporó nuevas materias orientadas a reforzar la identidad nacional.
Entre ellas aparece “Cultura espiritual y moral de Rusia”, cuyo objetivo es transmitir los denominados “valores tradicionales rusos”. El programa contempla el estudio de personajes considerados relevantes para la historia del país y también de quienes son presentados oficialmente como héroes de la llamada “operación militar especial”.
La enseñanza de historia atraviesa un proceso similar. El nuevo programa obligatorio utiliza un manual elaborado por Vladimir Medinsky, asesor de Putin, que presenta a Ucrania como un Estado artificial. Además, está previsto un nuevo libro de estudios sociales bajo la edición de Dmitry Medvedev, con mayor énfasis en geopolítica.
El problema de construir una ideología
Sin embargo, especialistas citados en el análisis consideran que el proyecto tiene una debilidad: el Estado ruso no logró construir una ideología tan definida como la que existía durante la Unión Soviética.
El concepto de “mundo ruso”, utilizado habitualmente por la propaganda del Kremlin, no alcanza para ofrecer una visión coherente del futuro, según un psicólogo educativo de Krasnoyarsk.
La diferencia con la experiencia soviética también se observa en las organizaciones juveniles. Los antiguos Pioneros y el Komsomol estaban integrados dentro de un sistema ideológico que ofrecía una trayectoria definida y, en algunos casos, oportunidades educativas y profesionales.
Las estructuras actuales intentan recuperar parte de esa estética, pero sin el mismo sistema de incentivos.
Por eso, el resultado de esta transformación educativa todavía está lejos de ser el adoctrinamiento absoluto que busca el Kremlin. Pero sí está produciendo un cambio profundo: la escuela rusa se convirtió en uno de los principales espacios desde los que el Estado intenta definir cómo las nuevas generaciones deben entender a Rusia, su historia, su identidad y la guerra.
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