
El golpazo de Alemania frente a Paraguay no se explica solamente desde el juego. La temprana eliminación en Estados Unidos dejó expuestas las fracturas de un plantel que, según las voces del fútbol germano, llegó roto al partido decisivo. Y cuando las papas quemaron, la falta de autocrítica se hizo sentir desde el banco de suplentes.
Julian Nagelsmann, lejos de asumir la responsabilidad por el rendimiento o por su manejo del grupo, optó por tirarle la presión a la dirigencia cuando le consultaron por su continuidad: “Estoy disponible. Si la DFB quiere que lo haga, entrenaré a la selección para la Eurocopa 2028. Si no, tendrán que decírmelo”. Sin embargo, el DT no pudo ocultar la cruda realidad de su ciclo y soltó una frase que retumbó fuerte para sentenciar el presente de sus dirigidos: “Si te elimina Paraguay, no sos un equipo de primer nivel. Ya no”.

Esa pérdida de jerarquía de la que habla el entrenador tiene raíces profundas en la intimidad de la concentración. Lothar Matthäus fue el encargado de destapar la olla al revelar que el foco de los jugadores nunca estuvo cien por ciento en el Mundial. El quiebre interno se dio por una insólita cuestión de privilegios logísticos: el malestar general estalló cuando algunos futbolistas recibieron autorización para que sus madres viajaran en vuelos privados al cuartel general, mientras que otros debieron conformarse con pasajes en aerolíneas comerciales para sus esposas e hijos.
Ese resentimiento silencioso arruinó la convivencia diaria y terminó de explotar en la tanda de penales. Las imágenes televisivas dejaron en evidencia a jugadores de peso, como el experimentado Goretzka, esquivando la responsabilidad de patear el último penal de la tanda. El capitán Joshua Kimmich tuvo que delegar esa responsabilidad en el defensor Jonathan Tah sobre la marcha, quien nunca había definido una tanda de penales, terminó ejecutando (y fallando), obsequiándole a los paraguayos la clasificación en bandeja luego de reponerse a una distancia desfavorable de dos penales.

Con ese contexto cobra otro sentido el sincericidio del propio Kimmich tras la derrota. El mediocampista fue el único en no buscar excusas externas y dejó un mensaje que expuso al resto del vestuario: “Somos los jugadores quienes lo echamos a perder, no el entrenador, los medios, el árbitro o el rival”. Un cierre amargo para una Alemania vaciada de fútbol y de liderazgo que, desde su coronación en 2014, no hace más que acumular papelones en la máxima cita mundialista.
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