
En una sociedad que lucha intensamente contra el paso del tiempo y se focaliza en mejorar la cantidad y la calidad de años de vida, las cifras de nacimientos caen estrepitosamente y se plantean como una problemática global: no falta mucho para que sea un mundo de viejos.
En Argentina, el último informe de estadísticas vitales del Ministerio de Salud, arroja que los nacimientos cayeron un 47% entre 2014 y 2024 mientras que la cantidad de hogares sin niños trepa al 57%. Pero no es un panorama privativo de nuestro país; Europa, Asia y el resto de América presentan escenarios análogos. Año tras año, la natalidad decrece y en ninguno de los continentes antes mencionados se llega al umbral de reemplazo poblacional mínimo.
El cuadro de situación se completa con el cierre de servicios de maternidad, colegios, guarderías y, eventualmente, plazas vacías. El fenómeno no es nuevo: hay menos nacimientos. Y los gobiernos abordaron la problemática -o al menos intentaron hacerlo- con políticas que lejos estuvieron de dar resultados satisfactorios.
China levantó en 2015 y luego de unos largos 30 años la norma que establecía la barrera del hijo único por matrimonio y, además, en Enero 2026 sumó impuestos extras a los preservativos y a los anticonceptivos para desincentivar su consumo. Francia, decidió enviar misivas con información sobre fertilidad a todos los ciudadanos que cumplan 28 años (como si no tener hijos era sólo cuestión de contar los días).
El caso más relevante fue el de Hungría, donde el ex primer ministro Viktor Orbán destinó cerca del 5,5% del PBI en políticas de incentivo a la natalidad; desde créditos hipotecarios para nóveles matrimonios cuyas condiciones se tornaban más beneficiosas cuantos más hijos tengan, hasta exenciones impositivas y subsidios para vehículos familiares. Todo en vano, la tasa de natalidad decreció irremediablemente.
Frente al fracaso de las políticas pro-natalistas la pregunta obligada es ¿por qué las personas -y especialmente las mujeres- NO quieren tener hijos? Está claro que la respuesta es multicausal, pero hay una primera aproximación que está a la vista: no se resuelve exclusivamente con dinero ni con bienes materiales, hay algo mucho más profundo y estrictamente personal.

Cualquier política que incentive la natalidad es ante todo, una decisión sobre el cuerpo de las mujeres y, además, un avance sobre la composición familiar moderna. Sobre ninguna, los gobiernos entendieron las necesidades.
Traer una persona al mundo, maternar, paternar, criar, cuidar, requiere tiempo y esfuerzo a una velocidad muy diferente a la de los tiempos actuales donde todo es inmediato, feroz y fugaz. En una era donde se le rinde culto al individualismo y al esfuerzo personal al margen del colectivo, pretender que se contemple el cuidado y la disposición respecto a otro de forma exclusiva se vuelve casi una utopía.
Hay toda una generación de mujeres fuertes, profesionales, inteligentes, formadas y fértiles que fueron formateadas culturalmente a la luz de la creencia de que la maternidad era una debilidad del género femenino; que las baja a la colectora de la autopista del desarrollo personal y profesional.
Sin dejar de lado que la incertidumbre económica, la ausencia de previsibilidad de crecimiento tanto individual como de pareja y la incapacidad de las nuevas generaciones de proyectarse en el único y real propósito a largo plazo (in eternum, de hecho) suman un obstáculo incontrastable para tomar una decisión de vida de semejante calibre.
En el medio, socialmente se le rinde culto a la belleza eterna y a la juventud sin vencimiento, al cuerpo cuidado y suplementado sin posibilidad mirar al costado a nadie o para nada. Ese es el contexto en el que se pretende incentivar la reproducción.
Cuando criar deje de ser un acto contracultural, y se reemplace el castigo a cuidar por la admiración a brindarse a otro, quizás la sociedad se encuentre preparada para recibir más niños.
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