
El 10 de junio de 1978 quedó marcado para siempre en la historia de los Mundiales. Ese día, la selección de Francia disputó un partido oficial de la Copa del Mundo con una camiseta prestada por Club Atlético Kimberley, un club marplatense que jamás imaginó terminar vinculado a uno de los episodios más curiosos del fútbol internacional.
Todo ocurrió en el estadio José María Minella de Mar del Plata, durante el encuentro entre Francia y Hungría por la tercera fecha del Grupo 1 del Mundial de Argentina. Ambos seleccionados ya estaban eliminados tras perder frente a Argentina e Italia, por lo que el partido parecía condenado al olvido. Sin embargo, un error administrativo y una improvisación de último momento transformaron aquel duelo en una historia.
Media hora antes del inicio, mientras los equipos realizaban el precalentamiento, surgió el conflicto. Francia debía jugar con su camiseta alternativa blanca y Hungría también había llevado indumentaria del mismo color. El árbitro brasileño Armando Coelho intervino rápidamente y le informó al conjunto francés que debía utilizar la camiseta azul titular, tal como indicaba una circular enviada previamente por FIFA.
El problema era otro: Francia había olvidado su juego azul en Buenos Aires.
La confusión se originó porque Henri Patrelle, dirigente de la Federación Francesa, tomó como referencia una comunicación anterior y no la circular definitiva enviada por FIFA semanas antes del torneo. El error fue tan grave que terminó costándole el cargo.

Como si fuera poco, Hungría tampoco tenía solución inmediata. Los europeos aseguraron que sus camisetas rojas habían quedado en Chapadmalal, a unos 30 kilómetros del estadio. Con el horario encima, más de 23 mil personas esperando en las tribunas y las transmisiones televisivas demoradas en todo el mundo, la organización necesitaba una respuesta urgente para evitar un papelón histórico.
La solución apareció gracias a dirigentes del fútbol marplatense. Desde la Liga Marplatense propusieron utilizar camisetas de Club Atlético Kimberley, un club tradicional de la ciudad.
Carlos “Pocho” Cubero y el utilero Agustín Vallejo salieron rápidamente desde el estadio rumbo a la sede del club, ubicada en Independencia 3030. A bordo de un Ford Falcon que Cubero utilizaba como taxi, recorrieron los cinco kilómetros contrarreloj para buscar un juego completo de camisetas.
El apuro fue tan grande que Vallejo tuvo que romper un candado para ingresar al depósito y sacar las casacas verdes y blancas. Eran camisetas simples: sin escudo, con bastones verticales y números negros. Minutos después, Francia apareció en el campo de juego vestida de Kimberley.

La demora total fue de 40 minutos. El encuentro comenzó finalmente a las 14.25 y el asombro del público fue inmediato al ver a los franceses con los colores albiverdes.
El caos organizativo también generó situaciones particulares con la numeración. Kimberley tenía camisetas del 2 al 16, pero algunos futbolistas franceses utilizaban números superiores en la lista oficial de FIFA.
Por ejemplo, Dominique Rocheteau, que figuraba con la 18, jugó con la camiseta número 7. Didier Six tenía el 19 en los pantalones y el 6 en la espalda. Y Claude Papi, que debía usar la 12, terminó jugando con la 10 en el único partido mundialista de su carrera. Incluso Michel Platini ingresó en el segundo tiempo con la camiseta número 15 de Kimberley.
Dentro de la cancha, Francia derrotó 3-1 a Hungría con goles de Christian López, Marc Berdoll y Rocheteau. Sandor Zombori descontó para los húngaros.

Paradójicamente, el partido menos importante disputado en Mar del Plata terminó siendo uno de los más recordados de aquel Mundial.
Con el paso de los años, las camisetas utilizadas por Francia se transformaron en reliquias buscadas por coleccionistas y fanáticos del fútbol. Durante décadas existió la versión de que los franceses se las habían llevado como recuerdo, aunque distintos dirigentes y colaboradores de Kimberley aseguraron que las prendas regresaron al club tras el partido.

La teoría más aceptada indica que muchas de ellas siguieron utilizándose en entrenamientos o campeonatos locales hasta perderse definitivamente. Sin embargo, una sobrevivió.
Carlos Stufano, histórico colaborador del club, conservó durante años una de aquellas camisetas mundialistas: la número 5 utilizada por François Bracci. En 2016 decidió donarla al museo de FIFA en Zurich, donde actualmente se exhibe como pieza histórica.
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