
El choque de hoy por los octavos de final del Mundial 2026 tiene un antecedente fundacional. Hay que viajar al 6 de junio de 1928 para encontrar la primera vez que Argentina y Egipto se cruzaron de manera oficial. Aquella tarde, en las semifinales de los Juegos Olímpicos de Ámsterdam, la Albiceleste no solo brindó una cátedra de fútbol al golear por 6 a 0, sino que fue el escenario donde un rosarino fundó un nuevo arte defensivo: la atajada de penales.
El equipo dirigido por José Lago Millán llegaba al mítico Estadio Olímpico de Ámsterdam (Olympisch Stadium) con un clima inmejorable: 7.887 espectadores, un número de espectadores considerable para esa época, quienes esperaban acudir a un espectáculo futbolístico y exactamente fue lo que sucedió.
Apenas a los 10 minutos, el veloz delantero de Boca, Roberto Cherro abrió el marcador. Luego, Manuel “Nolo” Ferreira, player picharrata marcaba el segundo a los 32′ y apenas 5 minutos después, el implacable Domingo Tarasconi, histórico artillero del xeneise, puso el 3-0 antes del descanso.
Inicia el segundo tiempo, fue el propio Tarasconi vulneró la valla egipcia a los 54 y 61 minutos (cerrando aquel torneo con un récord olímpico inigualable de 11 goles en cinco encuentros). La frutilla del postre la colocó nuevamente el capitán Ferreira al sellar el 6-0 definitivo a los 82 minutos, consumando un baile histórico.
Pero lo histórico del encuentro, poco tenía que ver con el abultado score, más bien se encontraba en el arco argentino.
Un hito mundial bajo los tres palos

El protagonista que rompió la historia y redefinió las leyes de la ejecución fue Octavio Juan Díaz, el histórico arquero de Rosario Central.
Con el partido a favor de Argentina, el árbitro sancionó la pena máxima para Egipto. Mientras los registros oficiales de la FIFA y la RSSSF le adjudican la ejecución al mediocampista Ali Moudhar (aunque las crónicas locales de nuestra ciudad sostienen que pateó la estrella ofensiva Ali Riad), lo cierto es que el “Oso Negro” Díaz esperó centrado en la línea. Esperando hasta último momento, y solo cuando el balón ya había sido impactado, ejecutó una estirada limpia y precisa para desviar el remate, ahogar el descuento y marcar un récord mundial.
Hasta ese miércoles de 1928, se habían ejecutado penales en los torneos de Londres 1908, Amberes 1920 y París 1924. Algunos terminaron en gol y otros se marcharon desviados de los tres palos, pero ninguno había sido contenido activamente por un guardameta.
El protagonista que rompió la historia y redefinió las leyes de la ejecución fue Octavio Juan Díaz, el histórico arquero de Rosario Central.
Con el partido ya resuelto a favor de Argentina, el árbitro sancionó la pena máxima para Egipto. Mientras los registros oficiales de la FIFA y la RSSSF le adjudican la ejecución al mediocampista Ali Moudhar (aunque las crónicas locales de nuestra ciudad sostienen que pateó la estrella ofensiva Ali Riad), lo cierto es que el “Oso Negro” Díaz esperó centrado en la línea. Con paciencia absoluta, y solo cuando el balón ya había sido impactado, ejecutó una estirada limpia y precisa para desviar el remate, ahogar el descuento y marcar un hito mundial.
Nacido en el seno de una verdadera aristocracia del deporte amateur local (era hijo del pionero Juan Díaz y sobrino del legendario Zenón Díaz), Octavio arrastraba un estilo sumamente singular. Su propio padre le reprochaba en los entrenamientos que era “demasiado pachorriento” y le exigía mayor movilidad.
Sin embargo, esa parsimonia era el núcleo de su genialidad. Díaz no apelaba a reflejos desesperados, su filosofía se basaba en la compostura psicológica y la anticipación posicional. Y, sobre todo, era un especialista consagrado en los penales.
Ya lo había demostrado en su debut en el histórico clásico de 1919 contra Newell’s Old Boys (el día que se despidió su tío Zenón, pasándole el legado defensivo “canalla”), donde le atajó un penal clave al histórico leproso Atilio Badalini. Como si fuera poco, durante un breve paso de 7 partidos por Central Córdoba en 1920, demostró que también sabía patearlos, convirtiendo dos goles de penal.
A pesar de su noche consagratoria en Ámsterdam, la carrera de selección de Octavio Díaz se truncaría de manera abrupta por cuestiones políticas.
El arquero estaba preseleccionado como el titular indiscutido para la primera Copa del Mundo de Uruguay 1930, pero fue sancionado y desafectado de la Selección por liderar una huelga gremial de futbolistas en Rosario, reclamando mejores condiciones laborales en plena transición hacia el profesionalismo.
Quién sabe lo que hubiese ocurrido si Argentina afrontaba esa final contra Uruguay contando con su mejor arquero, quizá hoy tendríamos una estrella más.
No pudo atajar en aquel primer Mundial, pero su estirada impecable en el estadio de Ámsterdam quedó grabada para siempre como el exacto instante en el que los arqueros, de la mano de un rosarino, le perdieron el miedo a los doce pasos.
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