
Las estadísticas suelen ofrecer una primera lectura. Sin embargo, cuando se profundiza en los números aparecen realidades mucho más complejas que los porcentajes por sí solos no logran explicar.
A simple vista, el mercado laboral argentino parece haber encontrado un punto de equilibrio. El desempleo se mantiene en el 7,8%, la tasa de actividad alcanzó el 48,6% —la más alta de los últimos años— y la cantidad de personas ocupadas continúa creciendo.
Pero detrás de esos datos aparece una fotografía muy distinta.
El problema ya no parece ser únicamente conseguir trabajo. El verdadero desafío es conseguir un empleo que permita vivir.
El último Monitor Sociolaboral del Centro de Estudios sobre Trabajo y Desarrollo (CETyD) pone en números una realidad que millones de argentinos experimentan todos los días: más del 90% de quienes consiguieron un empleo en el último año necesita trabajar más horas porque el ingreso no alcanza.
Es un dato que cambia completamente la lectura del mercado laboral.
Durante años, el indicador central fue la tasa de desocupación. Hoy ese número resulta insuficiente para describir la realidad.
Porque una persona puede estar estadísticamente ocupada y, al mismo tiempo, seguir siendo económicamente vulnerable.

La explicación está en la calidad del empleo que se está generando.
Mientras el sector privado formal continúa mostrando dificultades para incorporar trabajadores, el crecimiento del empleo se concentra en actividades informales, changas, trabajos independientes de baja productividad o empleos de pocas horas.
El propio informe del CETyD sostiene que la informalidad ya alcanza al 44,2%, uno de los niveles más elevados de los últimos años.
Es decir, el mercado laboral no está creando mejores empleos; simplemente está absorbiendo la necesidad de miles de familias de generar algún ingreso adicional.
Ese fenómeno también explica otro dato que suele pasar inadvertido.
La tasa de actividad llegó a un máximo reciente no porque la economía demande más trabajadores, sino porque cada vez más integrantes de un mismo hogar necesitan salir a buscar un ingreso para compensar la pérdida del poder adquisitivo.
Ya no trabaja solamente quien era sostén de la familia.
Ahora también buscan empleo hijos, jubilados, cónyuges o personas que antes permanecían fuera del mercado laboral.
El resultado es un mercado con más trabajadores… pero no necesariamente con más bienestar.
Los datos regionales también ayudan a entender el fenómeno.
En buena parte del país, la pérdida de empleo privado registrado fue reemplazada por los llamados “empleos refugio”: ocupaciones de baja calificación, escasa estabilidad y salarios insuficientes.

No se trata de un proceso de transformación productiva.
No aparecen nuevos sectores generando empleo de mayor calidad.
Lo que ocurre es exactamente lo contrario: donde desaparece el empleo formal aumenta la informalidad.
El concepto económico de “destrucción creativa”, donde los puestos perdidos son reemplazados por otros más productivos, hoy parece no encontrar respaldo en la realidad argentina.
La conclusión quizás sea la más preocupante.
Durante años el temor era quedarse sin trabajo.
Hoy, para millones de argentinos, el problema es diferente: tener trabajo ya no garantiza llegar a fin de mes.
Y probablemente ese sea el dato más importante que dejan tanto el informe del CETyD como las cifras del INDEC.
Porque cuando el empleo deja de ser una herramienta para salir adelante y pasa a convertirse apenas en un mecanismo de supervivencia, el debate deja de ser estadístico para convertirse en un problema estructural de la economía argentina.
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